La hoguera | Artículo de Juan Soto Ivars Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Paz social bajo fianza

No hemos alcanzado un nuevo encaje de Catalunya en España, no estamos en un Estado federal, la Constitución es la misma que había y no se ha avanzado ni un milímetro en esa dirección. Lo que vivimos es una tregua condicionada a la presencia de Sánchez en la Moncloa

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Paz social bajo fianza

La Abogacía del Estado justifica los indultos de los líderes del independentismo por la paz social que trajo la medida. Eso de “paz social” es un concepto en el que pienso a menudo desde que tuvimos al niño, porque de ella dependerán las respuestas a preguntas que nos hacemos. ¿Vamos a seguir en Barcelona? ¿Queremos criar a Alejandro en un conflicto latente que nos la trae al pairo? ¿Asumimos el riesgo de que él también termine creyendo que la independencia catalana o la permanencia en el Estado son opciones por las que vale la pena romper un solo escaparate?

Viene a mi memoria una historia, la de mi amiga L., que tenía un novio. El tipo le hacía la vida imposible, la sometía y, con la magia del comportamiento pasivo agresivo, se las arreglaba para que ella siempre terminase convencida de que la víctima había sido él. Parte de la culpa era de L., claro, que lo defendía con uñas y dientes si alguien osaba criticarlo, pero al tipo no hay que quitarle tampoco sus méritos. Era un manipulador hábil. Con una buena rabieta lograba satisfacer cualquiera de sus deseos, pero tampoco le bastaba con eso. Él tenía que conseguir que L. deseara la tranquilidad. Y entonces, generoso, tan bueno, él se la proporcionaba.

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Lo peor que te podía responder L. cuando le preguntabas qué tal estaban era “muy bien”, porque ese “muy bien” significaba que el señor estaba viendo colmados todos sus caprichos a costa de la voluntad de L. En esas fases de paz me daba rabia verlos juntos. A poco que L. fuera a su aire, a poco que manifestara sus apetencias o se riera de una de las muchas cosas sutiles que a él se le escapaban, se volvía de repente huraño y depresivo. Vi estas escenitas tantas veces, en tantas cenas, con tanta gente, que sentí alivio cuando las cosas terminaron. 

Esta es la historia que me viene a la cabeza ahora, cuando me hablan de “paz social”. En realidad hablamos -hablan- de apaciguamiento. Sin duda los indultos contribuyeron a que bajara la temperatura política, pero ¿qué clase de paz se sostiene sobre circunstancias tan frágiles? Podemos suponer que esto durará tanto como el Gobierno del PSOE. Después, la derecha ocupará de nuevo la Moncloa, y entonces los independentistas volverán a tener las condiciones perfectas para decir: “¿lo veis? Con España no se puede”. ¿Cuántos meses de paz social habrá una vez que Feijóo sea presidente? ¿Y si además necesita el apoyo de Vox? No se sabe de cuántas formas distintas se puede romper el cristal que han colocado sobre un caballete.

No hemos alcanzado un nuevo encaje de Catalunya en España, no estamos en un Estado federal, la Constitución es la misma que había y no se ha avanzado ni un milímetro en esa dirección. Lo que vivimos es una tregua condicionada a la presencia de Sánchez en la Moncloa y a las dádivas que el presidente esté dispuesto a ofrecer. A cambio de los votos del independentismo en el Congreso, da regalos que los independentistas agarran con la punta de los dedos y una mirada ausente, como quien ve saldar una vieja deuda por la que tuvo que insistir demasiado. Si algo no les gusta, por ejemplo la sentencia que obliga a impartir un 25% de horas en español, reclaman y amenazan. Todo parece depender de la inmediata satisfacción de sus reivindicaciones. 

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El exnovio de L. hacía lo mismo. Él y tantas otras personas malcriadas, recelosas y sin el amor propio necesario para mirarse al espejo sin compararse con los demás. Cuando L. salía con sus amigas, la freía a mensajes. Le decía que le dolía la cabeza, que había vomitado, que se había acordado de su abuelita muerta, yo qué sé, cualquier cosa para que ella volviera pronto, y una vez que la tenía en casa se quejaba, se lamentaba, le pedía que le rascase la espalda y disfrazaba sus celos enfermizos de cualquier otra cosa. Finalmente, claro, él la engañó con otra y volvió a ingeniárselas para que L. lo descubriera y lo mandase a paseo. ¡Ni para separarse tuvo talento! ¡Incluso para esto tuvo que hacerla sentir culpable a ella! Pocos he visto tan capaces de manejar la afrenta.

¿Paz social? No podemos saber hoy cuál será la afrenta que haga reventar de nuevo la situación. Para los independentistas, la afrenta grave forma parte del funcionamiento normal de un Estado constitucional.