Artículo de Astrid Barrio Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Populismo y tecnocracia

Gobernar no es solo gestionar, es seleccionar prioridades, y eso tiene mucho de ideológico

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Sandro Rosell.

Sandro Rosell. / Joan Cortadellas

El anuncio de Sandro Rosell de que él, junto con un grupo de ciudadanos de Barcelona, se está planteando disputar la alcaldía de la Ciudad Condal es una buena noticia. En estos tiempos líquidos y complejos hay que celebrar que haya quien quiera dedicarse a los asuntos públicos si no fuese porque el eventual candidato ha dicho que él no haría política sino gestión municipal, sumándose así a la ola de devaluación de la política convencional.

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Ante el malestar democrático, junto al populismo se cierne también la amenaza tecnocrática, que en realidad es su reverso. Una perspectiva que considera que hay no tan solo una buena solución técnica sino una única solución a cada problema, que cree que la política se reduce a la gestión y que puede ser desligada de la ideología y del conflicto partidista. Pero nada más lejos de la realidad. La política es la gestión de los conflictos derivados de desigualdades presentes en las sociedades, lo que en democracia  equivale a la gestión de los distintos puntos de vista, propios del pluralismo, que es precisamente lo que expresan los partidos. Por ello, gobernar no es solo gestionar, es seleccionar prioridades, y eso tiene mucho de ideológico.

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Ciertamente el conocimiento acumulado permite cada vez más, si se quiere, hacer políticas basadas en la evidencia, pero querer reducir la política a la mera gestión aséptica e independiente y querer hacer política sin partidos y sin políticos es desdeñar dos de los cimientos de la democracia representativa: la idea de intermediación y una concepción de la legitimidad basada en cómo se seleccionan los gobernantes, ambas sustituidas por la capacidad técnica. Por muchos defectos y disfunciones que puedan tener los partidos, siguen siendo los principales agentes de intermediación, cumplen una función de legitimación del sistema y además proporcionan  a sus miembros unos conocimientos y  unas experiencias  insustituibles para lidiar en el campo político, un capital nada desdeñable para el buen gobierno, más allá de la técnica.