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Nadal y Djokovic desayunan, comen y cenan jóvenes

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Rafa Nadal, tras ganar su partido de cuartos de final contra Taylor Fritz.

Rafa Nadal, tras ganar su partido de cuartos de final contra Taylor Fritz. / REUTERS/Toby Melville

Que se esperen un poquito. Son muy buenos. Serán muy buenos. Aprenderán. Adquirirán experiencia. Ganarán veteranía. Pero que esperen un poquito y, sobre todo, aquellos que ya quieren que sean los nuevos dioses del cielo tenístico deberían, como poco, tener mayor respeto por esos dos monstruos llamados Rafael Nadal y Novak Djokovic, protagonistas, autores, héroes en dos remontadas impresionantes, históricas, en Wimbledon.

Que se esperen un poquito más. Carlitos Alcaraz es buenísimo, un fenómeno ¡vaya que sí! Nadal es el primero en reconocerlo y el hijo de Djokovic ya lo ha convertido, cuenta Novak, en su tenista favorito; ese niño italiano de nombre Jannik Sinner, que debía ser esquiador y, al final, se hizo maestro de la raqueta, también tiene muy buena pinta y, sí, este chico norteamericano, Taylor Fritz, con pinta (solo con pinta) de Pete Sampras, tiene las redes inundadas de su presente y futuro, pero deberá ponerse a la cola.

Los abuelos (y no solo en el tenis, no, la Champions la ganó Benzema y no Mbappé, vaya) siguen siendo la repera. Más respetos para y por ellos. Lo que están haciendo, lo que han hecho, cómo lo han hecho, Nadal y Djokovic en Wimbledon, merece que los que anuncian su declive, los que creen que la llamada ‘new generation’ ya está aquí para arrebatarles el trono, se pasen en bucle, durante horas, las remontadas del Novak y Rafa ante esos niños.

Más allá de los 30

Ya tendremos tiempos de cantar las glorias de esos jóvenes pero, de momento, los abuelos se los están desayunando, comiendo y cenando, no solo a base de coraje, pasión, determinación y mentalidad ganadora, sino con tenis, con mucho tenis, con enorme sabiduría, sabiendo que, en un Grand Slam, que no es un Masters-1.000, por favor, a cinco sets, en más de cuatro horas, hay que ser muy Djokovic o muy Nadal para ganarles y, de momento, esos muchachitos no lo son por más altavoces mediáticos que tengan y más técnicos (suyos) que digan que están listos para acabar con los abuelos.

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Llevamos dos días viendo partidos prodigiosos, protagonizados por dos tenistas, de 35 y 36 años, que entre los dos suman 42 grandes torneos. Ídolos, monstruos, que viven en el firmamento que esos jóvenes proyectos de dioses que ni siquiera tienen, aún, al alcance de las yemas de sus dedos. Por supuesto que los mismos que ensalzaron (antes de hora) a los jóvenes y pronosticaron el nacimiento de una nueva era, intuyeron que ni Djokovic ni Nadal, que sigue lesionado y veremos cuál será su vida como papá y abuelo, alcanzarían las semifinales de Wimbledon. Y ahí están los dos, jugando, no solo su mejor tenis, sino demostrando que, de momento (y que esperen otro ratito, más) son inalcanzables para esa ‘new generation’.

Nadal y Djokovic desayunan, comen y cenan jóvenes para fortalecer, no solo su ambición y pasión por sentirse los mejores tenistas de la historia (ahora sí), sino por sentirse vivos, muy vivos.