Conocidos y saludados | Artículo de Josep Cuní Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Moreno Bonilla, el vocalista andaluz

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Juanma Moreno Bonilla, en el cierre de campaña.

Juanma Moreno Bonilla, en el cierre de campaña. / Eduardo Briones / Europa Press

Villanueva de Cauche tiene solo tres calles y 77 habitantes. En las fiestas patronales de esta pedanía de Antequera, el pasodoble y la pachanga siempre fueron el gran aliciente. Se trataba de mantener la tradición y divertirse con los sones populares que hacían seguir el ritmo de la noche más celebrada. Hasta que en 1989 sus vecinos vieron llegar una furgoneta de la que se bajaron cinco jóvenes que no respondían a sus expectativas.

Con alguna melena al viento e indumentarias poco llamativas descargaron una batería, dos guitarras y un bajo eléctricos que conectaron a su propio equipo de sonido. El escenario se situó delante de una pared encalada que rompía su armonía con una ventana alta, cerrada, protegida por una reja y en cuyo espacio intermedio asomaban macetas con flores poco vistosas. En la fotografía descolorida que ilustra la historia no se percibe al público que, entre sorprendido y receloso, está convencido de que todo acabará como el rosario de la aurora. La alcaldesa, atenta, advierte de que no pagará si no cumplen con lo contratado. Prejuzga que nada de lo que ve responde a todo lo que esperaba.

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Un joven de 18 años se acerca al micrófono de pie y pone su mano derecha sobre él, imitando la pose de los mejores vocalistas, sin inclinar el cuerpo a la moda imperante de los ‘rockers’ victoriosos. Se presentan como Falsas Realidades y dicen inspirarse en los Danza Invisible que coreaban con su público aquel procaz “labios de fresa, sabor de amor, pulpa de la fruta de la pasión”.

El cantante va tomando protagonismo. Camisa de estampado desigual entrada en unos pantalones tejanos de talle alto sujetos a un cinturón que destila el mismo aire clásico que su peinado.  Manga larga, puños abrochados, semblante serio, mirada concentrada, mueca artística. Se llama Juan Manuel Moreno Bonilla (Barcelona, 1 de mayo de 1970) y se acaba de consolidar como la voz solista del PP andaluz.

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Su victoria aplastante del domingo rebajó a error la máxima expectativa de las mejores encuestas. Y de un tiro, frenó a Vox, liquidó a Ciudadanos, humilló al PSOE y redujo a toda la izquierda a una mera porción de su mayoría absoluta. Sin despeinase ni desabrocharse y aguantando la ola de calor con chaqueta y corbata al aire libre si aparecía en televisión. Y sin soltar ni exabruptos ni mostrar radicalidades ha evitado alterar el orden establecido por las cuatro décadas de predominio socialista, convirtiéndose en fiel mantenedor de aquellas polémicas ayudas agrarias que han facilitado que el traspaso de voto haya sido tan indoloro como insípido.

Juanma, como le llaman los propios, ha puesto brillante colofón a una vida dedicada al partido que le ha dado siempre un puesto de trabajo desde que empezó presidiendo las Nuevas Generaciones locales y entró en el Ayuntamiento de Málaga de la mano de Celia Villalobos, alcaldesa antes que ministra de Sanidad que recomendó no poner huesos al caldo para evitar el embiste de las vacas locas. Lejos de la capacidad siempre polemista y actualmente tertuliana de su mecenas política, Bonilla, como le simplifican sus contrarios, se fue a triunfar a Madrid sin hacer ruido. Y sigilosamente regresó a Andalucía para seguir cantando: “Los días de carretera, siempre volviendo al sur, me queda grande la pena, cuando allí me esperas tú”.