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La energía del IPC

La escalada de los precios de la luz y la cesta de la compra no se cura con una aspirina sino con una terapia profunda

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La energía del IPC

El índice de precios de consumo (IPC) se ha convertido en un dolor de cabeza para los gobiernos que, difícilmente se podrá curar con una aspirina. Hace falta un tratamiento más potente. Desde hace meses, se han puesto en marcha medidas para intentar frenar la escalada de precios de la energía, uno de los responsables de una inflación desbocada.

La última de ellas, el tope al precio del gas para generar electricidad, autorizado por Bruselas, apenas se está notando. Su puesta en marcha ha coincidido con una ola de calor y una cotización disparada del gas. Con todo, sin esta medida, hay que reconocerlo, el precio del megavatio por hora (MWh) sería aún mayor. Basta con comparar con otros países.

Las nuevas iniciativas para paliar la escalada de la luz, como rebajar el IVA del 10% al 5% (el año pasado ya pasó del 21% al 10%), ayudarán, pero si sigue subiendo la materia prima (petróleo, gas...) en breve dejará de ser un alivio para los usuarios. Como lo que ha pasado con los 20 céntimos de la gasolina y el gasóleo, con unos precios medios de venta que superan de largo los dos euros por litro.

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Y es que el de la energía no es un problema solo coyuntural, que también --a ello ha contribuido la guerra en Ucrania y las manipulaciones con el gas y el petróleo del presidente de Rusia, Vladímir Putin--; sino estructural. El mecanismo de fijación de los precios de la luz, marginalista, en el que la última tecnología en cubrir la demanda es la que marca el coste total; requiere una profunda revisión.

La aceptación de Bruselas de la "excepción ibérica", que beneficia también a Portugal, es un reconocimiento de que carece de sentido que el gas marque el precio, cuando otras tecnologías, como la eólica o la solar, pesan más y salen más a cuenta. Es como si hubiera que pagar una botella de agua mineral a precio de caviar iraní. Bienvenidos sean los alivios temporales, pero sin reformas de calado en la forma en la que se fijan los precios difícilmente habrá cambios que se noten de forma significativa en los bolsillos de los usuarios.