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Pasqual Maragall celebra la nominación de Barcelona para organizar los Juegos Olímpicos de 1992

Pasqual Maragall celebra la nominación de Barcelona para organizar los Juegos Olímpicos de 1992 / CARLOS MONTAÑES

No puedo dejar de pensar en ellos. Y menos estos días. No puedo dejar de pensar en ellos porque los tres fueron sensacionales, espectaculares, únicos y permitieron que Barcelona, Catalunya y España diera un salto, un paso, protagonizaran una revolución (casi única) en el tiempo, en la historia.

Me importa muy poco lo que piensen muchos de ustedes de ellos. Para mí, en aquellos tiempos, en aquel proyecto, en aquella gesta, en aquel triunfo, glorioso, mundial, histórico, pues sigue siendo un ejemplo en el mundo entero, fueron los auténticos protagonistas, los sabios que lo consiguieron, las palancas que lo ejecutaron, los tipos que nos hicieron mantener el orgullo por encima de nuestras posibilidades.

Con consenso

No puedo dejar de pensar en ellos tres, auténticos estadistas, personas capaces de crear una idea y hacerla realidad en beneficio de la gente y, al final, trasladar ese valor, ese triunfo y, sobre todo, ese proyecto hasta convertirlo en la felicidad del mundo entero. Y no solo, no, del mundo olímpico, que les sigue agradeciendo todo lo que hicieron y cómo lo hicieron, sino del mundo global, porque ellos sí demostraron que se podían hacer las cosas, con tensión pero con complicidad, con polémica (interna) pero colaboración. Sobre todo, con consenso.

No puedo dejar de pensar en ellos tres ahora que los que están, los que le sustituyeron (¡menuda ingenuidad!) han demostrado, no solo no ser estadistas, sino ser pobres de espíritu, provincianos, poca cosa. Celebro ¡y no saben cómo! que el gran, el inmenso, Pasqual Maragall no se haya enterado de todo lo mezquino que ha ocurrido. Lo celebro. Él, que nada más ganar la candidatura de Barcelona-92 celebró el triunfo al grito de «todo lo que es bueno para Barcelona es bueno para Catalunya y todo lo que es bueno para Catalunya, lo es para España (…) Así que, ahora, ¡a trabajar!, que nos estarán mirando y no podemos fallarles».

"Imposible e innecesario"

Y Juan Antonio Samaranch, sí, que fue a la suya ¡claro, era el presidente del COI! pero que, al final ¡y al principio!, se la jugó por nosotros. Y, con el paso del tiempo, se dio cuenta de que los buenos éramos nosotros. Y que esa idea de Maragall de «unos Juegos al servicio de la ciudad y no al revés» era la buena. Tanto que, a partir del 92, se la exigió a todas las candidatas. Son muchos los que creen que esta ciudad aún le debe ese reconocimiento a Samaranch pero, claro, la política, la misma que nos ha hecho perder este otro tren, considera que no le debe nada. Y así nos va.

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Y, por último, o desde el inicio, Josep Miquel Abad, el hombre fuerte, el hombre que superó todos los controles, que impidió que se escapará un euro ¡ni uno! de un proyecto donde se manejaron miles de millones y que fue, en ese sentido, inmaculado. Abad y su ejército, voluntarios (35.000) y no voluntarios, fueron los grandes triunfadores y, sí, ahora deben estar alucinando.

Ya me lo dijo el 18 de julio del 2017. «Es imposible e innecesario repetir esta experiencia olímpica en Catalunya. Ni el momento histórico es el mismo, ni el ánimo de Barcelona está en eso, ni la ciudad necesita unos JJOO. Y, desde el punto de vista social y político, no se da casi ninguna de las condiciones que hicieron posible aquella candidatura, aquella conquista, aquel éxito». Y es que, entonces, todos fueron a una.