El análisis de Andreu Claret Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Macron lleva a Francia al borde del precipicio

El problema es que no es seguro que Macron sepa conjugar los verbos pactar, ceder, mercadear, transaccionar

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Emmanuel Macron, en el evento Viva Technology.

Emmanuel Macron, en el evento Viva Technology.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, no solo ha perdido la apuesta que había hecho, revalidar la mayoría absoluta de los suyos en la Asamblea Nacional. Ha sufrido otras dos derrotas que pesarán en su capacidad para salvar la nueva legislatura, por mucho que Francia sea una república presidencialista. Por un lado, ha facilitado el resurgimiento de una izquierda que encabeza un izquierdista como Jean-Luc Mélenchon, por la que nadie daba un duro hace un año y que ahora será la segunda fuerza del Parlamento. Por otro, ha creado las condiciones para que la derecha más extrema que lidera Marine Le Pen multiplique sus escaños y sea el tercer grupo parlamentario. Peor imposible. Un país difícil de gobernar, al borde del precipicio político.

El movimiento que Macron puso en marcha hace cinco años se sustentaba en su capacidad para aspirar votos de las dos formaciones que habían gobernado Francia en las últimas décadas. A su derecha y a su izquierda. Esta estrategia, que resultó exitosa en 2017, y que todavía le sirvió para ganar las últimas elecciones presidenciales, ha fracasado. Sus dos principales contrincantes políticos han crecido, a izquierda y derecha. La amplia coalición izquierdista encabezada por Mélenchon ha obtenido 142 escaños, el doble de los que sumaron las izquierdas y los ecologistas en el anterior Parlamento. En cuanto a la extrema derecha de Le Pen ha obtenido 89 escaños, que multiplican por 11 los que tenía en la pasada legislatura.

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Al perder 104 diputados respecto de los últimos comicios y quedar en 246, la formación de Macron ha quedado muy lejos de la mayoría absoluta (289). Con estos resultados, se verá obligada a negociar todas las leyes en el Parlamento. Probablemente, una por una, a la italiana, si no consigue un acuerdo estable, a la alemana. Una posibilidad difícil, aunque no del todo imposible, a la vista de la nueva composición de la cámara. En otras circunstancias –las de España sin ir más lejos– la obligación de negociar las leyes con otros no tiene por qué conducir a la ingobernabilidad (aunque casi siempre tiene un coste). El problema es que no es seguro que Macron sepa conjugar los verbos pactar, ceder, mercadear, transaccionar. Lo suyo ha sido, y es, ejercer la presidencia como si la república francesa fuera una monarquía de las de antes. Con mayorías absolutas.

Hasta que descuelgue el teléfono y llame a los republicanos de derechas –cuyos 63 diputados son los únicos que podría darle cierta estabilidad– no sabremos el recorrido que tiene esta legislatura. No será fácil, porque tras una derrota que tiene tintes de voto de castigo ante una forma de gobernar petulante, no es fácil que nadie quiera comprometerse con una fuerza y un presidente que irrita tanto a su izquierda como a su derecha. Dos días antes de las elecciones, Macron todavía pidió una mayoría suficiente para evitar el caos. Lo hizo al pie del avión que tenía que acercarle a Kiev, poniendo de manifiesto, una vez más, una concepción del poder marcada por la soberbia. Mucho tendrá que cambiar para que alguien se juegue los cuartos con él.