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No ser exactamente un escritor de ciencia ficción

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No ser exactamente un escritor de ciencia ficción

Jorge Martínez

En una semana se estrenará la cuarta temporada de 'Westworld'. Antes de ser una serie, una serie sobre un parque temático del futuro –un futuro distópico, claro, en el que el progreso es el villano– ambientado en el pasado, en el Lejano Oeste –sí, los vaqueros de 'Westworld' son vaqueros máquina del futuro–, fue una película.

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Se estrenó en 1973, y la escribió y dirigió un tipo de 31 años que había publicado su primer artículo en la sección de viajes de 'The New York Times' a los 14 y que a los 23 ya daba clases como profesor invitado –un 'cum laude' de Harvard– en Cambridge. Su nombre era Michael Crichton. Sí, el autor de 'Jurassic Park' y, también, el escritor médico para el que escribir fue siempre una compulsión feliz y escandalosamente rentable.

Le gustaba pensar a Crichton que, de alguna forma, seguía los pasos de su admirado Arthur Conan Doyle. No, no creó un detective como Sherlock Holmes, pero sí estudió medicina, como él, y ejerció como médico, lo que acabaría dando forma a la serie sobre médicos que estrenó el género en sí mismo (y propulsó a un entonces jovencísimo George Clooney al Olimpo de los Ficticios Dioses con Bata Blanca): 'Urgencias'. Y también escribió sobre dinosaurios. De hecho, la secuela de 'Jurassic Park', la novela, se tituló como la única novela sobre dinosaurios de Conan Doyle: 'El mundo perdido'. Y mantuvo, durante toda su vida, ese interés por lo fantástico cuando se cruza con lo científico, o más bien, lo imposible poniendo contra las cuerdas a lo posible, un rasgo conandoylesco.

Planeado con Spielberg

Crichton nació en Chicago en 1942 y murió en Los Ángeles a los 66 años, siete antes de que se estrenara 'Jurassic World', el 'reboot' milagro de Colin Trevorrow. Trevorrow, por entonces guionista y director de culto –responsable de un curiosísimo título indie sobre alguien que pone un anuncio para encontrar a otro alguien con quien viajar en el tiempo—, es el más brillante fan con el que podía haberse topado la franquicia. Su obsesión, su infinito amor y respeto por el primer título de la saga, el 'Jurassic Park' que Crichton planeó con Steven Spielberg como algo que podían por fin hacer juntos, siendo como eran amigos desde que Spielberg era un chaval que sujetaba los focos en otros rodajes, es tal que consigue lo imposible: devolverlo a la vida, con la renovada dosis de humor necesaria.

Y sin embargo, pese a que Crichton no hizo otra cosa que alertar sobre los peligros del progreso, y firmar una distopía tras otra, en realidad, un tecno-thriller tras otro –el primero en ser adaptado con éxito al cine fue 'La amenaza de Andrómeda', en 1969, y tanto fue el éxito que se convirtió en miniserie, producida por los hermanos Scott, Tony y Ridley–, el éxito lo apartó de la condición de escritor de ciencia ficción, convirtiéndolo en un 'best seller' no reivindicado como el clásico que debería por el género. Y eso pese a que su vida consistió en no dejar de escribir, como si dependiera desesperadamente de cada ingreso como lo hacía en su momento Philip K. Dick. La única explicación que tuvo siempre para ello fue que escribir era lo único que quería hacer.

10.000 palabras al día

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"Vivir con él era como vivir con un cuerpo, él no estaba del todo ahí nunca", llegó a decir Anne Marie Martin, su cuarta mujer, con la que escribió 'Twister', esa cinta sobre un matrimonio que estalla en mitad de una tormenta de tornados. Empezó escribiéndoles los trabajos a sus compañeros de clase. Copió un ensayo de George Orwell para demostrar que un profesor puntuaba por debajo de lo normal –le puso un Bien–, y escribió siete novelas en cuatro años mientras estudiaba Medicina. Las publicó con un seudónimo que hacía referencia a su altura (John Lange). Eligió otro seudónimo, el nombre de un famoso enano del XVII, Jeffrey Hudson, para la novela con la que ganó un Edgar, y escribió otra a medias con su hermano que firmaron con el nombre de ambos: Michael Douglas.

Pese a no practicar otra cosa que género, sigue sin haber sido del todo reivindicado por el mismo, borrado por el éxito


Luego llegaron todas las demás, cerca de una veintena, entre ellas, 'Acoso', 'Esfera', 'Congo', de las que se han vendido más de 200 millones de ejemplares –y siempre subiendo– en todo el mundo. Publicó un libro de memorias en el que sobre todo cargaba contra su padre, un ausente–como él– publicista. Al final de su vida, curiosa y extrañamente, empezó a dudar de la realidad del cambio climático. Lo consideraba un 'hoax' científico que redirigía la producción a un nuevo campo virgen para el capitalismo. Para entonces, Crichton ya había sobrevivido al 11-S –cambió el billete de uno de los aviones en el último momento– y a un atraco a mano armada en su propia casa en el que redujo a los ladrones. Y en ningún momento dejó de escribir 10.000 palabras al día.