La lucha contra el fuego Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Los incendios del futuro

La primera ola de fuegos forestales del año en Catalunya responde a un nuevo contexto climático ante el que hay que repensar las estrategias antiincendios

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Los incendios del futuro

JORDI V. POU

Esta semana se ha producido en Catalunya un adelanto de lo que se teme que pueda llegar a suceder en los bosques durante el largo y tórrido verano que nos espera, y solo un atisbo de lo que pueden llegar a ser, en un futuro que ya está aquí, los incendios forestales en la nueva realidad climática. En un ambiente seco y en plena ola de calor se han activado fuegos dispersos por el territorio de manera simultánea, una circunstancia que complica notablemente su control y extinción. En la primera ola de incendios de este año influyen causas crónicas que forman parte de la emergencia ambiental que estamos viviendo aunque no sean consecuencia directa del calentamiento global, como el despoblamiento progresivo y constante en los entornos rurales, la sustitución de cultivos y pastos por una masa forestal continua y el abandono de la explotación y gestión sostenible de estos bosques. Pero en lo que sí hay una relación directa e inmediata es entre los fuegos, la reducción de la pluviosidad durante lo que va de año y la intensa ola de calor que sufrimos y que nunca había llegado a tan altas temperaturas en esta época del año, con el verano aún por estrenar. Si sumamos a ello fenómenos naturales típicamente estivales como las tormentas secas, con aparato eléctrico y vientos cambiantes (hasta ahora, las hipótesis más fiables de los incendios corresponden a rayos), estamos ante una situación que el propio ‘conseller’ de Interior, Joan Ignasi Elena, ha calificado como «extrema».

Con la temporada apenas iniciada, el dispositivo de extinción de incendios de la Generalitat ya se ha visto en la tesitura de renunciar a extinguir frentes activos para atender urgencias más acuciantes, como aquellos que amenazaban núcleos urbanos o grandes masas boscosas. Dejar avanzar un fuego como el de la Noguera (una estrategia que, a una escala mucho mayor, hasta hace poco mirábamos con extrañeza en los grandes incendios desatados en entornos tan distintos como California o Australia) porque a lo sumo solo quemará 5.000 hectáreas (el doble de las que ardieron durante todo el verano pasado en Catalunya) para centrarse en otro con un potencial destructivo mucho mayor, que podría llegar a afectar a 50.000, demuestra hasta qué punto las reglas del juego están cambiando y el riesgo es ya extremo. 

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Es necesario «priorizar y utilizar una inteligencia estratégica», en palabras del ‘conseller’. Pero también evaluar si los medios de extinción son los adecuados en un nuevo contexto. En este sentido es una buena noticia que se haya asumido con normalidad y sin ruido la colaboración en el incendio de Artesa de la Unidad Militar de Emergencias (UME) del Ejército. Es de temer que vuelva a ser necesaria, igual que potencialmente la colaboración internacional, y sería de agradecer no repetir las polémicas oportunistas de otros años. Sobre todo ante la realidad de la insuficiencia de los medios y personal, al menos en los casos en que haya simultaneidad de incendios, que queda en evidencia al haberse tenido que recurrir (sin que haya sido suficiente) a la llamada fase M2, en la que deben acudir a los parques de bomberos todos los efectivos. Durante los dos o tres próximos meses los responsables de la lucha contra el fuego lamentablemente se encontrarán con situaciones en las que establecer un orden de prioridades no siempre difícil de explicar, y deberán reclamar una vez más la colaboración y responsabilidad de los ciudadanos. Esa será la urgencia. Pero también deberán reflexionar sobre qué grandes cambios en la gestión de nuestro medio y en las estrategias antiincendios debemos abordar.