Conocidos y saludados | Artículo de Josep Cuní Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El hombre y su barca

Gervasi Sais Pilsà, de Sa Tuna, perdió la cuenta de los kilos de salmonetes que pescó. Vivió del mar y para el mar

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Gervasi Sais Pilsà, en Sa Tuna, en 2010.

Gervasi Sais Pilsà, en Sa Tuna, en 2010. / Joan Castro

“El roger és un peix de gran categoría però cal aplicar a la seva selecció els immortals principis de l’experiència”. Así describía Josep Pla los apreciados salmonetes de las aguas de Begur. Un pescado muy sabroso que, a criterio del escritor, constituía uno de los mejores encantos de la cocina marinera. A eso se debe que, aún hoy, los pocos pescadores profesionales que quedan en aquellas aguas le otorguen el valor adecuado a su categoría. Y ciertamente, asados sobre las brasas de los guijarros que la marea ha abandonado en la arena de la playa tras el temporal, desprenden un sabor tan característico como su color tras la cocción: de un rosa evaporado o de un rojo intenso, suntuoso, cardenalicio, según las cinco categorías atribuidas. “Algo así como el rojo inmortal que Velázquez emplea en el retrato del Papa Inocencio X”, en ajustada descripción de Pla.

Gervasi Sais Pilsà (Begur, 7 de abril de 1927-10 de junio de 2022) perdió la cuenta de los kilos de salmonetes que pescó y que su esposa Victoria vendió durante años en el pequeño mercado de la localidad que ya forma parte de su historia. Conocedor como pocos de las aguas profundas y ricas de la parte central de la Costa Brava, vivió del mar y para el mar. Porque para él, como para Josep Pla, el mar era la esencia de la vida.

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Mantuvo la tradición familiar ejercida siempre desde su Sa Tuna natal. Y fue desde la cala posteriormente erigida como el paisaje favorito de Catalunya desde donde defendió orígenes e identidad con la misma pasión que invertía en reprochar los malos comportamientos marinos. Aquellos que dibujaban una tenue y maliciosa sonrisa en su cara redondeada al percatarse de la inexperiencia de los noveles en las artes de la navegación delatados por la indumentaria recién estrenada y el deje del pijo impertinente. 

Cabo de Mar y alcalde pedáneo de aquel idílico rincón, su perfil recorta el descanso vespertino sentado en la silla de enea que sacaba a la puerta de su casa para dejarse refrescar por la marinada que volteaba la genuina cortina de red. Detrás del portalón, su gran secreto. En un pequeño armario de pared guardaba las llaves de la mayoría de los domicilios vecinos fruto de la confianza y la tranquilidad de saberte a salvo. Como cuando amenazaba temporal y advertía de la necesidad de amarrar bien las embarcaciones a las boyas que cada primavera hacía instalar para las pocas barcas que podían gozar del privilegio de flotar sobre las aguas agitadas por la tramontada, empujadas por el garbí y amenazadas por el levante que asegura tranquilidad con las últimas habas y advierte de su retorno con el otoño. 

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Para todos los amigos de Sa Tuna Gervasi fue el referente. Un confidente que podía estar al tanto de cualquier incidencia y correr a resolverla con la misma entrega que le hacía refunfuñar ante la menor alteración. Un carácter netamente ampurdanés que salaba el lenguaje cordial pero, cabreado, desconectaba la iluminación de la fiesta vecinal si traspasaba la hora de su descanso sin haber bailado el pasodoble de su afición. 

Jubilado a tiempo y subido a Begur, asumió la presidencia del Casal d’Avis desde la que durante años organizó todo tipo de actividades. Todas ellas supeditadas a su vocación inalterable. La que le devolvía diariamente a la playa que, vestida de amargura, ha visto su barca partir.