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La UE viaja a Kiev

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Macron, Scholz y Draghi, durante su visita a Irpin, este jueves.

Macron, Scholz y Draghi, durante su visita a Irpin, este jueves. / LUDOVIC MARIN / POOL (REUTERS)

El desplazamiento a Ucrania de los líderes de las tres mayores economías de la UE tiene un doble significado: de apoyo a Volodimir Zelenski y de búsqueda de una salida negociada de la guerra para evitar que el conflicto se eternice y la recuperación de la economía europea se malogre. Olaf Scholz (Alemania), Emmanuel Macron (Francia) y Mario Draghi (Italia) acudieron el jueves a Kiev con el propósito de escenificar la unidad de los Veintisiete en apoyo de Ucrania, pero, al mismo tiempo, trasladaron al teatro de operaciones un enfoque de la situación sustancialmente diferente al de Estados Unidos. No en vano el presidente de turno de la UE, Macron, se ha prodigado en manifestaciones encaminadas a urgir un desenlace acordado de la guerra y a recordar que “no es preciso humillar a Rusia”.

Quizá esa sea la voz públicamente más discordante en el bloque occidental, pero la opinión de Macron responde a un ejercicio de realismo que, aunque cueste venderlo a una opinión pública europea conmovida por la tragedia de la invasión ordenada por Vladimir Putin, es compartida sottovoce por otros gobernantes europeos, pero que acaso temen remar contracorriente frente a sus electores. Hay demasiadas señales en el horizonte de que cada día es más complicado sumar a todos los socios europeos en una estrategia diseñada básicamente por Estados Unidos, en la que la ayuda militar a Ucrania y la prolongación del conflicto hasta doblegar a Rusia -sea esto posible o no- importa más que limitar el parte de daños. No por casualidad, mientras el presidente Joe Biden autoriza una ayuda militar adicional de 1.000 millones de dólares, algunas cancillerías a este lado del Atlántico comparten discretamente la opinión francesa según la cual, más temprano que tarde, Zelenski deberá plantearse seriamente qué concesiones territoriales está dispuesto a hacer para que callen las armas.

El Consejo Europeo de los próximos 23 y 24 de junio deberá sopesar y en su caso aceptar la condición de Ucrania como país candidato a ingresar en la UE, y quizá en ese foro se subraye la voluntad de ayudar de forma determinante a la reconstrucción de Ucrania. Pero puede que la decisión que finalmente adopten los Veintisiete esté emparentada con la disposición que muestre el régimen ucraniano de buscar una solución negociada de la guerra -políticamente costosa, moralmente injusta- que atenúe el coste económico que tiene prolongarla, con los mercados energéticos fuera de sí y el temor cada vez mayor de que, llegado el invierno, Rusia utilice la espita del gas como arma política para quebrar voluntades.

El hecho es que, más allá de las palabras, el trío de Kiev es portador de mensajes explícitos o intuidos bastante diferentes. Así, Macron reclama a Zelenski un cambio de actitud, Scholz da largas al envío de armamento pesado a Ucrania aunque hace dos meses prometió hacerlo y Draghi promete poner los recursos de la UE a disposición de la Ucrania devastada para acelerar su reconstrucción. Dicho o insinuado todo dentro de una realidad irrefutable: Ucrania está muy lejos de reunir las condiciones mínimas exigibles a un Estado para incorporarse a la UE tanto en el orden institucional como en el económico (con datos anteriores al inicio de las hostilidades, el 24 de febrero).

El momento en el que se podrá comprobar hasta qué punto Europa es capaz de seguir su propio camino en la crisis ucraniana o sigue a expensas del enfoque de Estados Unidos será la cumbre de la OTAN en Madrid el 29 y el 30 de junio. De ahí que la visita del jueves a Kiev de los tres líderes europeos tenga un valor más que simbólico porque puede condicionar la posición futura de los socios europeos de la OTAN más relevantes, descontado el Reino Unido, cuya unidad de acción con Estados Unidos no está en discusión. Habrá demasiados elementos sobre la mesa de orden político y económico como para prever que la gran cuestión vaya a ser el doble ingreso de Suecia y Finlandia, que todos los socios respaldan y estiman justificado.

Una voz tan respetada como la de Edgar Morin ha descrito el futuro deseable de forma diáfana: para salvarse, Ucrania debe librarse a un tiempo de la invasión de Rusia y del antagonismo de Estados Unidos y Rusia. El precio de ambas liberaciones no será en ningún caso menor, puede suponer la pérdida del Donbás y abrazar sin reservas el estatus de Estado neutral. Para Europa quizá sea también la única alternativa viable a medio plazo para no seguir con la economía hipotecada por una guerra que ahora no tiene fecha de caducidad y que se traduce en inseguridad energética, inflación desbocada y encarecimiento de la deuda y del dinero.

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Puede decirse que el grueso de los problemas económicos inducidos por la guerra de Ucrania afectan sobre todo a Europa, aunque la inflación disparada en Estados Unidos pueda llevar a falsas conclusiones, a la creencia de que ambas crisis económicas son la misma. Las medidas adoptadas por la Reserva Federal son la respuesta a un calentamiento de la economía provocado por un incremento de la demanda, y acaso el remedio decidido por la autoridad monetaria suponga abrir la senda que lleva a la recesión, siquiera sea por un plazo previsiblemente corto. La situación de la economía europea es la viva imagen de un gigante con pies de barro -la incertidumbre energética- más el efecto de las sanciones impuestas a Rusia, completado el panorama con la crisis de suministros procedentes de China a causa de la política de covid cero, que mantiene cerrados los principales puertos chinos durante largos periodos de tiempo.

Esa es la complejidad de la crisis europea; esas son las razones para que sea imposible igual enfoque del problema en Europa y en Estados Unidos. Para los europeos es un problema de vecindad; para Estados Unidos es el pulso de un competidor lejano por la hegemonía en la gestión de los asuntos europeos, un rival parapetado en su condición de gran potencia nuclear que se ha marcado el objetivo de hacer que salte por los aires el statu quo que siguió al final de la guerra fría. Es harto difícil que Europa salga indemne de la prueba ucraniana, porque si hasta hoy, con momentos de duda, ha servido para cohesionar a la UE y dar nuevo lustre a la OTAN, conforme se prolongue la batalla, serán cada vez mayores los motivos de disenso entre socios.