Artículo de Jordi Alberich Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Suerte del diálogo social

La sintonía entre patronales y sindicatos ha resultado fundamental para transitar por los dramáticos años de la pandemia

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La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, cita a patronal y sindicatos.

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, cita a patronal y sindicatos. / David Castro

Incluso el mejor de los escenarios nos habla de unos tiempos inmediatos de enorme complejidad. La guerra de Ucrania, las rupturas en las cadenas de suministro y la desbordada inflación nos alcanza con unos equilibrios económicos muy frágiles y unas sociedades aún sacudidas por la pandemia. Ante ello, la política tradicional, diezmada desde la crisis financiera de la pasada década, se muestra desorientada y, a menudo, incapaz de responder al momento.

En este contexto, en los próximos meses la prioridad será repartir equitativamente los costes de la inflación entre los diversos perceptores de rentas: trabajadores, pensionistas, funcionarios, empresarios y beneficiarios de ayudas públicas. O, dicho de otra manera, encontrar un punto de equilibrio entre estabilidad macroeconómica, equidad social y competitividad de nuestro tejido productivo. Un objetivo al que debemos aspirar pese a que, enmarañados como andamos, pueda sonar a música celestial.

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En ese empeño común, el gran activo del que disponemos en nuestro país es el diálogo social. La sintonía entre patronales y sindicatos ha resultado fundamental para transitar por los dramáticos años de la pandemia; pactando ayudas y mecanismos de flexibilidad, así como alcanzando acuerdos que se convirtieron en reformas legislativas, indispensables para el país y que los partidos por sí solos no hubieran conseguido consensuar. Unos hábitos que parecen haberse consolidado entre nuestros agentes sociales y que resultarán más trascendentales que nunca, ante la creciente radicalización y fragmentación política.

Un buen momento para recordar cómo, hasta hace poco, se insistía en que una economía tan abierta y dinámica como la que habíamos construido en las últimas décadas, no necesitaba de patronales y sindicatos; que se habían convertido en una reliquia del pasado; que habían perdido toda su razón de ser. Otras de las memeces que alimentaron esta globalización tan imperfecta.