La campaña militar (42) | Artículo de Jesús A. Núñez Villaverde Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La guerra es mucho más que números

Cuando se desata una confrontación violenta de voluntades, los elementos no cuantificables pesan tanto o más que los que sí lo son

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Volodímir Zelenski.

Volodímir Zelenski. / GOBIERNO DE UCRAINA

Si el desenlace de una guerra, como la que actualmente está sufriendo Ucrania por decisión de Vladimir Putin, dependiera únicamente de factores cuantificables, la conclusión sería inmediata: Rusia gana. Es más, hasta podría pensarse que no habría sido ni siquiera necesario entrar en combate porque con una simple suma aritmética se podría haber determinado de antemano quién iba a ser el vencedor. De ese modo, también se podría haber evitado la pérdida de tantas vidas humanas y la generalizada destrucción material de viviendas e infraestructuras civiles de todo tipo. Y, sin embargo, ocho años después de haber mostrado sus intenciones belicistas contra Kiev, y casi cuatro meses después del inicio de la invasión rusa, nada indica que Moscú tenga la victoria a su alcance.

Es evidente que Rusia goza de una enorme superioridad, tanto en términos territoriales como demográficos y económicos, lo que podría hacer pensar que dispone asimismo de una mayor capacidad industrial para alimentar un esfuerzo bélico, así como de más soldados para sus ejércitos. Una ventaja de partida, válida igualmente para cualquier categoría de armas que se considere, que debería hacerse aún más notoria cuanto más se prolongue el conflicto y sea necesario reemplazar el material destruido y la munición empleada, así como rotar a las unidades exhaustas, echando mano de reservistas y/o de una movilización general.

Parece obvio que ya se ha llegado precisamente a ese punto, tal como indica el hecho de que no se estén registrando movimientos ni operaciones a gran escala de las unidades empeñadas en combate, sino apenas operaciones tácticas puntuales con las que los dos bandos buscan mejorar posiciones en algunas partes del frente activo en la parte oriental de Ucrania. En esas circunstancias, volviendo a los números, debería ser determinante, por ejemplo, la disponibilidad de medios artilleros, encargados de ablandar los objetivos enemigos y de destruir bases logísticas y vías de aprovisionamiento a las unidades de primera línea. Kiev, tratando con ello de activar un mayor apoyo occidental, destaca que por cada uno de los cañones que posee, Moscú cuenta con al menos diez. Por eso, volviendo a confirmar que los números no lo explican todo, es inmediato comprobar que esa abrumadora superioridad no le está sirviendo a Rusia para controlar al menos todo el Donbás.

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Y lo mismo cabría decir si, por elevación, se hacen cuentas en el terreno nuclear. Rusia es la mayor potencia nuclear del planeta, mientras que Ucrania renunció en 1994 a las que entonces la convertían en la tercera potencia mundial. Pero tampoco, por mucho que sea el temor que esas armas generan, eso ha llevado a Volodimir Zelenski a rendirse de entrada, aceptando el dictado ruso. En este caso específico, se vuelve a demostrar otra vez la falsedad de un argumento ampliamente aireado desde hace décadas, según el cual una potencia nuclear nunca puede perder una guerra; como si Estados Unidos no hubiera probado el sabor de la derrota en Vietnam, Irak o Afganistán, o como si la propia Unión Soviética no hubiera sufrido el mismo varapalo en ese mismo Afganistán.

En definitiva, cuando se desata una guerra, una confrontación violenta de voluntades, los elementos no cuantificables pesan tanto o más que los que sí lo son. La moral -construida con materiales tan subjetivos como la imagen de uno mismo, la historia, la visión del enemigo- es la que ha hecho que, en tantas ocasiones, algún David se haya atrevido a hacer frente a algún Goliat.