Conocidos y saludados | Artículo de Josep Cuní Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

The Boss, nacidos para adorarle

Que Bruce Springsteen no predique habitualmente en el escenario no supone que sus seguidores no coreen sus letras como si fueran plegarias ni entonen sus músicas como si fueran himnos

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Bruce Springsteen, en Barcelona, en mayo de 2016.

Bruce Springsteen, en Barcelona, en mayo de 2016. / FERRAN SENDRA

Decía Beethoven que la música constituía una revelación más alta que cualquier filosofía. Nietzsche, dándose por aludido, sentenció años después que sin música la vida sería un error.

Cualquier momento de nuestra vida tiene su propia banda sonora. Aquella evocación musical que fluye automáticamente cuando revivimos una emoción. No importa el tiempo transcurrido, ni la concreción o la vaguedad de los detalles. Está allí porque allí se instaló completando el recuerdo. Más intenso para unos, menos trascendente para otros. Pero existe porque así se vivió. O así nos lo parece.

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Bruce Frederick Joseph Springsteen (Long Branch, New Jersey, 23 de septiembre de 1949) lo ha reconocido. Su tributo permanente a quienes le marcaron el camino gracias a la música es porque “tenía la impresión de que la gente que me rodeaba en el pueblo no iba a ninguna parte. Miré hacia atrás: mi padre, mi abuelo, todos mis antepasados habían pasado su vida trabajando en una fábrica. Comprendí que las cosas no iban a ser diferentes para mí si no hacía algo distinto”. Y es releyendo sus libros escolares y detectando que cualquier relación entre ellos y la vida real era pura coincidencia, que rememora el impacto  provocado por la radio cuando a los ocho años escucha por primera vez a los Drifters cantando a los locos enamorados.

El rock le abre todo un mundo de posibilidades justo cuando temía que su vida podía quedar atrapada. “Descubrí que había más verdad en una sola canción que en todo lo que me habían enseñado en el colegio. Esto es lo que intento decirle a la gente: buscad vuestras propias raíces y sed responsables de vuestras vidas”.

Pero lejos de parecer el predicador que no quiere ser, The Boss se cura en salud y dice haberse dado cuenta de que “la mayoría de la gente no tiene ganas de recibir sermones políticos de un tipo que se gana la vida meneando el culo ante 60.000 personas”. Que él no predique habitualmente en el escenario no supone que sus seguidores no coreen sus letras como si fueran plegarias ni entonen sus músicas como si fueran himnos. Por algo acuden a sus conciertos como los fieles a sus iglesias. Veneran a Bruce Springsteen como si de una religión se tratara.

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En la ruta del peregrinaje, Barcelona es ciudad de referencia. Se ha demostrado esta semana. En muy pocos minutos agotó las entradas para el concierto del 28 de abril en Estadi Olímpic de Montjuïc. Y como requiere toda necesaria acción de ‘marketing’ bien planificado, esto llevó a anunciar inmediatamente otro recital para dos días más tarde. Como ha sucedido en Dublín, París y Amsterdam, hasta acumular un millón de entradas vendidas 10 meses antes del acontecimiento. No sorprende que al advertir en todas estas capitales que no habría un tercer encuentro, la inevitable reventa se haya disparado hasta pedir 6.000 euros por algunas localidades.

Con tanta euforia contenida, a sus 73 años Bruce Springsteen iniciará su gira europea en la Barcelona que siempre le ha sido fiel. Como él a su público catalán, que un día decidió haber nacido para correr junto a su ídolo. Y compartirán sus éxitos como si de una comunión se tratara. Y al salir, se sentirán bendecidos por el heredero de los tres grandes con los que comparte el ábside de su propio templo. Frank Sinatra por poner la voz, Elvis Presley por poner el ritmo y Bob Dylan por poner el cerebro. Amén.