El debate de las armas

Todavía a golpe de gatillo

¿De verdad va a ser capaz Estados Unidos de pasar página otra vez ante otro tiroteo de masas? No se trata de legislar a golpe de víscera, ya hace tiempo que estamos en el terreno de la sensatez

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Una mujer sostiene la foto de Nevaeh Bravo, una de las jóvenes que resultó muerta en el tiroteo de Texas, durante una ceremonia en memoria de las víctimas en Uvalde, Texas.

Una mujer sostiene la foto de Nevaeh Bravo, una de las jóvenes que resultó muerta en el tiroteo de Texas, durante una ceremonia en memoria de las víctimas en Uvalde, Texas. / AFP / ALLISON DINNER

Poner más armas en los colegios para evitar masacres como la de la escuela de Texas. Más violencia, más impulsividad, para frenar la crisis de salud mental que azota Estados Unidos. Donald Trump ya no es el presidente norteamericano pero su larga sombra sobre el país, una posición sobre la que pivota una nación fracturada, enterró ayer con estas palabras la última opción que han tenido los republicanos, que apoyan mayoritariamente la proliferación de armas de fuego, de dar un paso atrás. ¿De verdad va a ser capaz Estados Unidos de pasar página otra vez ante otro tiroteo de masas?

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La política reciente nos ha demostrado que solo ante la víscera y la conmoción, cuando los hechos apelan a emociones, pueden cambiarse las leyes. A veces se hace de forma demasiado impetuosa y se cae en la desproporción, pero otras muchas logran avances que rompen con dinámicas culturales estancadas en el pasado. Del pasado de Far West y colonizador de los norteamericanos se ha hablado hasta la saciedad para justificar esa obsesión por las armas. Con todo una nación siamesa en esto de nacer con la conquista a sangre y fuego de la propiedad con forajidos y ex convictos como Australia logró el control de armas justamente después de una masacre, la de Port Arthur en Tasmania, en 1996, que acabó con la vida de 35 personas, sí, pero se llevó también por delante 650.000 armas de fuego que fueron retiradas. En Nueva Zelanda, la matanza (51 muertos) de Christchurch de hace tres años llevó a Jacinda Ardern a prohibir las armas semiautomáticas, y Canadá siguió sus pasos tras otro tiroteo terrible que mató a 22 personas. 

No, no se debería legislar a golpe de titular, a partir de las pasiones, pero no hay otra vía cuando la razón está secuestrada por otras emociones más arraigadas, sordas al cambio de los tiempos, a las nuevas realidades de nuestro entorno. Y ya no digamos cuando están instrumentalizadas por lobbies de poder, como en este caso el de la Asociación Nacional del Rifle. 

Los vientos de cambios tardan en asentarse en algunas ocasiones, pero las emociones pasadas por el filtro del sentido común y la comprensión del momento que vivimos son la verdadera palanca que puede corregir rumbos políticos. Estos días hemos visto justamente como la preocupación por el cambio climático ha tumbado, una década después, el gobierno conservador de Scott Morrison en Australia. No ha sido el ecologismo ni las izquierdas, ha sido una victoria sin paliativos de la opinión pública echando en cara a un Gobierno la falta de respuesta ante la crisis ambiental que amenaza su país, y según se mire, no hay nada más conservador que eso. 

El impacto de la crisis climática

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El nuevo presidente de Australia, el laborista Anthony Albanese, tiene ahora la patata caliente de defender ese rol de guardián de las políticas que han de frenar la catástrofe ambiental que augura la contaminación creciente en un país que sufre el calentamiento global, incendios e inundaciones devastadoras como si se hubiera convertido en un laboratorio planetario de la pesadilla que está por venir si no actuamos Ha sido justo en Queensland, la zona más afectada por las lluvias torrenciales, donde el mensaje en las urnas fue más claro, han destacado los analistas de los resultados electorales.

Tras los sustos, los golpes sobre la mesa, toca con todo ser consecuente y dar seguimiento a los programas electorales para que no queden en promesas. En Estados Unidos se logró un cambio de gobierno, sí, y Joe Biden se las ve y se las desea para mantener el rumbo prometido. Ni siquiera una masacre que lanza un mensaje tan claro y diáfano le pone el camino fácil en su desafío del momento, retirar las armas de fuego de las calles.