Artículo de Mariano Marzo Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Transición energética y agua

Si queremos que algunas soluciones climáticas clave puedan ser implementadas a pleno rendimiento, también debemos resolver el problema de la escasez de agua

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Inundaciones en Rio de Janeiro.

Inundaciones en Rio de Janeiro. / EFE

En la apretada agenda del desarrollo sostenible, el cambio climático y el agua son dos grandes temas estrechamente relacionados entre sí. En la actualidad ya existe una intensa colaboración global para resolver el primer desafío, pero quizás aun no somos suficientemente conscientes de que, en paralelo, si queremos que algunas soluciones climáticas clave puedan ser implementadas a pleno rendimiento, también debemos resolver el problema de la escasez de agua.

La sucesión de eventos meteorológicos extremos que, cada vez con mayor frecuencia, recogen los medios de comunicación son un claro aviso de que el cambio climático ya está alterando el ciclo hidrológico. De hecho, las observaciones científicas muestran que, a escala global, el número de catástrofes naturales relacionadas con fenómenos hidrológicos extremos, como sequias e inundaciones, se ha multiplicado por más de tres en los últimos cuarenta años, pasando de 97 por año en la década de 1980 a un promedio anual de 309 entre 2010 y 2019. Por otra parte, dado que las expectativas son que las temperaturas globales aumenten aún más en las próximas décadas, el Banco Mundial pronostica que la escasez de agua podría tener en 2050 un impacto negativo de hasta un 14% sobre el PIB de las regiones más afectadas, como, por ejemplo, Oriente Medio. 

A escala global, la agricultura contabiliza el 70% de las extracciones mundiales de agua, pero el acceso a este elemento también es fundamental para algunas soluciones de descarbonización básicas. El caso de la minería del cobre es paradigmático al respecto. Este metal es una materia prima critica para asegurar la transición a una economía baja en carbono, en la medida que un nivel de electrificación más alto, el incremento de las inversiones en renovables (solar y eólica)y más vehículos eléctricos conducen, inexorablemente, a un significativo aumento de la demanda mundial de cobre en los próximos años. Y esto sucede cuando ya, hoy en día, la producción de este metal enfrenta serios problemas de escasez de agua.

Según algunas estimaciones, la transición energética requerirá incrementar la producción de cobre en 5,5 millones de toneladas por año, una cifra que supera en un 25% la producción minera actual. Un desafío que conlleva una gran presión sobre los suministros de agua, ya que la extracción de cobre es un proceso intensivo en este líquido, y cada vez lo será más, a medida que las leyes del mineral (nivel de concentración del metal en la mena) van disminuyendo. Además, se da la circunstancia de que cerca del 50% del suministro mundial de cobre proviene de regiones de Chile, Perú y el denominado cinturón del cobre africano (Zambia y la República Democrática del Congo), que ya experimentan diversos grados de estrés hídrico.

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El hidrógeno es otra pieza clave del rompecabezas de la descarbonización. El despliegue de este vector energético también requiere del acceso al agua, con fines de enfriamiento (hidrógeno azul) y electrólisis (hidrógeno verde). Se estima que la demanda mundial de agua para hidrógeno azul y verde podría alcanzar los 12.000 millones de metros cúbicos en 2050 y, si bien esto no parece un volumen desorbitado en el contexto de una demanda anual mundial de agua dulce que ronda los 4 billones de metros cúbicos, algunas previsiones sugieren que el 60% de los futuros proyectos de hidrógeno podrían ubicarse en regiones que ya sufren estrés hídrico.

¿Cuál es la solución? Ningún desafío de sostenibilidad es fácil de resolver, pero el del agua es particularmente complejo. Se espera que, globalmente, la brecha entre la demanda y el suministro de agua dulce se aproxime al 40% en 2030, es decir, de aquí a menos de ocho años. La crisis climática, el crecimiento demográfico y la transición a fuentes de energía bajas en carbono pueden aumentar aún más y acelerara este déficit. En este contexto, abordar la escasez de agua requiere urgentes y significativas inversiones en tecnología e infraestructuras, decisiones políticas que acerquen el precio de este preciado y vital elemento a su valor real, así como cambios profundos a nivel global en los usos del agua por parte de todos los sectores económicos y los ciudadanos. ¿A que estamos esperando?

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