La campaña militar (34) | Análisis de Jesús A. Núñez Villaverde Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Análisis de la campaña militar | Una tragedia humana invisibilizada por el ruido de las armas

No deja de ser preocupante que mientras en los primeros días de la invasión el tema de los refugiados estaba muy presente en los medios y en las agendas políticas, hoy ha desaparecido prácticamente por completo

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Análisis de la campaña militar | Una tragedia humana invisibilizada por el ruido de las armas

Como ya ha ocurrido en tantos otros conflictos, la maquinaria mediática y política de la guerra en Ucrania va triturando asuntos que un día antes parecían centrales para dar paso de inmediato a otros en los que, solo por un momento, concentran la atención hasta que también pasan al olvido. Algo así ocurre con el drama humano que, cuando ya se cumplen tres meses desde el inicio de la invasión rusa, sufre la población ucraniana.

Se trata, en primer lugar, de recordar que sigue habiendo muertos y heridos a diario. Sin posibilidad alguna de establecer un balance fidedigno solo queda, al menos de momento, limitarse a aceptar las estimaciones que realiza Kiev, con Volodímir Zelenski hablando muy recientemente de una ratio diaria de 100 soldados muertos, con hitos tan trágicos como el que ha afectado a los pilotos y tripulantes de los helicópteros que han suministrado apoyo a los defensores de la acería de Azovstal, llegando hasta un 90% de muertos. Si se aplica además el macabro cálculo habitual para determinar el número de heridos -dos o tres por cada fallecido- seguramente la cifra resultante estaría por encima de los 27.000 combatientes; a los que se debe sumar asimismo un número indeterminado de prisioneros y desaparecidos. Una notable pérdida de capital humano, incrementada por el número de bajas civiles que, como ocurre desgraciadamente en la práctica totalidad de las guerras actuales, se han convertido en objetivos explícitos de los violentos y en muchas ocasiones superan con creces a las registradas entre las fuerzas combatientes. El último dato que ha ofrecido la ONU al respecto, hasta el 20 de este mismo mes, confirma que se han podido verificar 3.838 muertes de civiles y más de 4.000 habrían resultado heridos, aunque de inmediato añade que las cifras reales pueden ser considerablemente más altas.

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A eso se suma el extraordinario número de personas refugiadas y desplazadas. De una población inicial de 44 millones de habitantes, actualmente se estima que más de 6,5 millones han abandonado el país, mientras que más de 8 han dejado sus hogares y malviven en otras localidades ucranianas. No deja de ser chocante, y preocupante, que mientras en los primeros días de la invasión ese tema estaba muy presente en los medios de comunicación y en las agendas políticas, hoy ha desaparecido prácticamente por completo. Algo que tendría sentido si esas personas hubieran podido regresar a sus hogares o la comunidad internacional hubiera garantizado completamente su asistencia y su protección; pero estamos muy lejos de ver cumplido ese deber no solo ético sino también jurídico para todo Gobierno que haya firmado la Convención del Estatuto de Refugiados de 1951.

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Y todavía hay una tercera dinámica, menos visible que las anteriores, que afecta a no menos de 1,3 millones de ucranianos reubicados en territorio ruso. Se desconoce qué porcentaje de esas personas han optado libremente por buscar refugio en Rusia y cuál obedece a una imposición de Moscú, siguiendo una práctica que ya la Unión Soviética desarrolló con profusión hace décadas.

Sea como sea, es elemental entender que esa tragedia humana tiene un extraordinario coste para Ucrania. En mitad de la guerra supone una vital desventaja para enfrentarse a sus invasores y para sostener el esfuerzo bélico en el que el país está empeñado. Y, pensando en la reconstrucción futura, implica una irrecuperable pérdida de capital humano que dificultará aun más la salida del túnel en el que actualmente se encuentra Ucrania.