Tribuna de Rosa Ribas Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Olvídame ya

La parte hámster de mi cerebro saltó de inmediato al recibir el mensaje de la compañía telefónica que me anunciaba que borrarían todos mis correos electrónicos; pero luego corregí

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Desechos electrónicos.

Desechos electrónicos.

Hace algo más de un mes recibí un mensaje de la empresa telefónica alemana en la que antes de la mudanza tenía contratados el número de teléfono fijo y un correo electrónico. Me avisaban de que, al darme de baja de sus servicios, procederían en breve a cerrar y borrar mi buzón y, con él, todo el contenido. Me daban tiempo para rescatar aquello que quisiera guardar y me ofrecían la opción de contratar un servicio para conservarlos todos. Como una especie de guardamuebles, pero para los correos electrónicos.

La primera reacción del hámster que todos llevamos dentro fue de histeria recolectora. Sí, claro. Tengo que guardar mis correos. ¡Hay tanta comunicación contenida en ellos! Horas y horas de escritura, a saber cuántos documentos adjuntos todavía metidos en ellos como en una bolsa de marsupial. Si no hago algo, todo ese montón de mensajes desaparecerán para siempre.

La parte acumuladora de la mente seguramente se encuentra en una zona similar a la del cerebro reptiliano que se encuentra en la médula espinal y que rige los actos instintivos, impulsivos. Bien pensado, en una zona similar, pero con algún separador, que ya es bien sabido que los roedores y los reptiles no son precisamente amigos, sino depredador y presa, pero ambos son primitivos, irracionales. Esta parte hámster es la que te hace guardar un pendiente desaparejado, aunque sepas que el otro lo perdiste en Tombuctú, la que se disfraza de sentido práctico y te dice que alguna vez podrías necesitar ese cable que pulula desde hace meses por los cajones, aunque no logres conectarlo a ninguno de los aparatos de la casa, es el espíritu guasón que te impide deshacerte de esa estilográfica tan bonita que te regalaron, como si algún día, al levantarte por la mañana fueras a descubrir que has dejado de ser zurda.

Justamente esta parte hámster del cerebro es la que saltó de inmediato al recibir el correo de la compañía telefónica. ¡Guárdalo todo! Pero, por suerte, también, aunque algo más tarde,  se activó el mecanismo corrector. La voz de la razón que me recordó que llevaba meses, si no años, sin leer esos correos electrónicos. En todo ese tiempo no los había necesitado ni echado de menos. No sé qué dicen, a quién escribí ni quién me escribió. Si había archivos adjuntos, ya los bajé. Si no los bajé, sería porque no me hicieron falta. ¿Para qué quiero guardar todo eso? En realidad, venía a preguntarme si alguna vez había releído un correo electrónico antiguo. Me los imaginé impresos. ¿Cuántas páginas podría haber? ¿Qué volumen ocuparían si fueran hojas de papel? ¿Cuánto pesarían? Un paquete de folios de papel de 80 gramos pesa 400 gramos. ¿Cuántos kilos de papel había en mi buzón? Me imaginé lo que supondría que de pronto todos los correos escritos en tantos años se convirtieran en papeles, me vi sepultada bajo ellos como los hermanos Collier, los excéntricos millonarios norteamericanos que  a finales de los años 40 fueron encontrados muertos y momificados en su casa de cuatro pisos llena hasta el techo de todo tipo de objetos, sobre todo periódicos. Langley Collier murió aplastado precisamente por los periódicos que se amontonaban en un equilibrio precario. Homer murió de hambre porque estaba paralítico y ciego y era su hermano quien lo alimentaba. Deja que los borren, me dijo una voz.

Reconocí la misma voz que antes de la mudanza me animó a destruir cartas y postales. Esta vez no a ciegas, sino sentada en el suelo rodeada de cajas en las que guardaba correspondencia en papel de años de mi vida. Las fui tomando una a una y decidiendo. Asombrada al descubrir que me había carteado con gente cuyo nombre no me evocaba nada, cuyo aspecto no recuerdo. Siendo así, ¿por qué tengo que conservar cartas de desconocidos? O las postales de viajes que quizá ya ni recuerdan los amigos que las enviaron, o las cartas de amor si ya no nos queremos.

Ya nos hemos olvidado, ¿para qué guardar toda esa arqueología?

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No respondí al correo de la compañía telefónica. Anoté la fecha en la agenda para recordar en qué momento desaparecían de mi vida miles de correos electrónicos. Toda esa correspondencia ha sido borrada hace un par de días.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Hora de borrar.