Artículo de Carles Francino Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Historias de 'Borbonia'

Lo que más me inquieta es que una parte de quienes en Catalunya aún aspiran a que la convivencia pudiera restaurarse algún día sin más destrozos acaben tirado la toalla ante lo que ofrecen las élites

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El rey emérito Juan Carlos I es recibido por el alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín.

El rey emérito Juan Carlos I es recibido por el alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín.

Si en octubre de 2017 se hubiera convocado un referéndum de verdad, mi voto podría haber acabado apoyando la independencia de Catalunya. El apaleamiento de ciudadanos, cuando simplemente participaban en un simulacro simbólico, me revolvió tanto las tripas que bien pudo haberme nublado la razón. Y el posterior discurso del Rey tampoco ayudó a serenarme. Todo ello a pesar de que antes me había indignado y entristecido -lo narré en directo para la SER- cuando la mayoría independentista impuso en el Parlament una ley que, saltándose las normas e ignorando a la mitad de los catalanes, abría la puerta a la desconexión con España.

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Una puerta que el Tribunal Supremo se encargaría después de cerrar bruscamente, metiendo en la cárcel a los principales dirigentes de aquel movimiento; no a todos, como se sabe, porque algunos huyeron; y por ahí siguen, presumiendo de ser -yo no les llamaría exactamente así- exiliados políticos. Ya sé que sustituir los argumentos por emociones es un mal negocio, pero a veces la fuerza de los hechos se impone a las florituras intelectuales. Y en octubre de 2017, al menos en caliente, creo que a muchos nos ocurrió algo de eso.

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Ahora me huelo que podría repetirse con la revelación del espionaje al independentismo y las repugnantes grabaciones que confirman la existencia de una trama de Estado para combatirlo. Que los inductores -o autores- de tamaño atropello no hayan tenido hasta ahora reproche penal no deja de resultar llamativo. Porque los que se lanzaron al monte en busca de la independencia eran personas que perseguían un objetivo político saltándose la ley, vale. Pero los que pincharon teléfonos, espiaron a gente y urdieron bulos para desacreditar a adversarios políticos también se saltaron la ley, ¿no? Aunque siendo todo esto grave, lo que más me inquieta es que una parte de quienes en Catalunya aún aspiran a que la convivencia pudiera restaurarse algún día sin más destrozos acaben tirado la toalla ante lo que ofrecen las élites de un país que, visto lo visto con el último culebrón real, bien podría llamarse 'Borbonia'.