Artículo de José Luis Sastre Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Un limonero (en la muerte de Domingo Villar)

Villar me ha hecho pensar en la buena gente y en las pequeñas cosas; me ha recordado dónde debería tener puestas las atenciones

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El escritor gallego Domingo Villar.

El escritor gallego Domingo Villar. / R. V. / El Faro de Vigo (El Faro de Vigo)

Se ha muerto Domingo Villar y he empezado a conocerle de verdad a partir de las crónicas que han descrito esta semana la conmoción por su muerte repentina y su trayectoria literaria y, sobre todo, su actitud ante la vida, que es algo de lo que hablan poco las crónicas, como si fuera un rasgo accesorio y sin importancia. A la gente se la debería recordar por lo que hizo o por lo que dejó de hacer, pero, más que por cualquier otra circunstancia, por la forma que tuvo de enfrentarse a su destino: deberían contar que tal o cual persona fue valiente o cobarde o tímida o audaz o fue un poco de cada condición sin llegar a ser ninguna del todo. En realidad, al escritor Domingo Villar lo conocí en Vigo una noche de hace unos meses en la que compartimos una cena que resultó agradable y divertida y en la que, en efecto, se le ajustaban los adjetivos que le han dedicado ahora, cuando ha muerto. Poseía una virtud en desuso: sentía curiosidad por lo que le explicaban los demás.

Recordé aquella velada y pensé en lo que uno piensa cuando ocurren sucesos así: que nos puede tocar a cualquiera. Es ese rapto de lucidez en el que nos decimos a nosotros mismos que, como podemos morir de pronto, deberíamos ordenar la vida y el malhumor de otra manera, aunque al rato vuelven a preocuparnos las mismas intrascendencias. Como la apariencia. O la opinión de los demás. O si estará bien el borrador de la renta.

Caí entonces en lo que lamentaba su pérdida porque, pasado el tiempo, aún puedo recuperar pasajes enteros de aquella cena y reproducir frases tal como las dejó ir Villar, no porque fueran frases de novela, sino porque propiciaron un clima de los que no pueden prepararse ni forzarse, de esos que, entre copas y platos, te traen el mar y el verano aun siendo invierno.

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Con la muerte de Villar caí, en fin, en que hay personas que pasan, por mucho que pasen todos los días, y otras que quedan, aunque pasen solo una vez y muy poco. Ojalá ser de las segundas. Ese sí que sería un buen epitafio, un epitafio genial: la persona que ya no está aquí era de las que quedaba.

A mí Domingo Villar me ha hecho pensar en la buena gente y en las pequeñas cosas; me ha recordado dónde debería tener puestas las atenciones. Para empezar, en el limonero que me acaban de regalar los míos, porque en esa planta que apenas alcanza a dar sus primeros frutos se resume lo que uno quiere en la vida: atender a su gente y a las cosas. De eso hablamos aquella noche de Vigo, cuando me preguntó qué sabía yo de la novela negra o policial y le contesté que poco, que si Sciacia, Camilleri y poco más, aunque tuve tiempo de compensarlo con Voltaire y su Cándido, donde pone al final que lo importante es cuidar la huerta de cada uno. Brindamos por aquel propósito y nos dijimos hasta la próxima; así que entenderán que, entre la pena porque no habrá más, albergue algo de felicidad. Porque tuve la suerte de compartir una velada de las que quedan y porque, aunque yo huerta no llego a tener, he empezado por cuidar un limonero.

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