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¿Quién querría un jefe como Jasikevicius?

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Jasikevicius grita a sus jugadores en el duelo contra el Madrid.

Jasikevicius grita a sus jugadores en el duelo contra el Madrid. / EFE/EPA/ANDREJ CUKIC

Nada más consumarse la frustrante eliminación de la ‘final four’ ante el Madrid, Sarunas Jasikevicius recurrió a su manual habitual, que es cargar el fardo de las culpas sobre la espalda de los jugadores. “Nos ha faltado sacrificio, es inaceptable”, disparó. Él siempre sale absuelto de las derrotas en sus juicios sumarísimos. Lo hemos oído en infinidad de ocasiones. Podía haber dicho lo que dijo pero a la vez asumir que él, como máximo dirigente del equipo, era el máximo responsable del resultado, ¿no? Pues no. De nuevo tensó la mandíbula, perfiló la mirada de quien busca pelea y soltó toda su pesada munición contra los jugadores.

Jasikevicius, aún uno de los mejores entrenadores europeos, asocia la máxima exigencia a un estilo abrasivo, gritón y trato irrespetuoso hacia los deportistas. Tras la derrota ante el Madrid prácticamente les acusó de falta de profesionalidad. Cabe interpretar que considera que todas sus decisiones fueron acertadas o no influyeron en la caída. No supo cómo atajar la remontada blanca, pero la culpa, de los jugadores. Y así siempre. Es un patrón que se repite: cada error en un tiro o en un pase él suele corresponder con un teatro de gesticulaciones y bramidos desaforados que a la fuerza tienen que cohibir a más de uno a la hora de jugar. A no ser, claro, que de tan reiterativos, ya no se le escuche, que también puede pasar. 

Más palo que zanahoria

El lituano se ha inspirado en las maneras balcánicas de dirigir a los equipos. Zeljko Obradovic sería un ejemplo. Por alguna razón, el baloncesto es un deporte fértil para figuras encolerizadas con carnet de entrenador. Vociferar a dos dedos de la cara de un jugador con el rostro enrojecido, como si un perro estuviera mordiéndole el trasero, ha sido aceptado como sinónimo de ambición y determinación. 

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Jasikevicius usa esos métodos, convencido por lo que se ve de que el jugador reacciona mejor con el palo que con la zanahoria. Al menos no ha hecho aún como Bobby Knight, tan mítico como malhumorado entrenador del baloncesto universitario de Indiana, que un día a finales de los 90 agarró fuerte por el cuello a uno de sus jugadores en medio de la pista. Fue despedido y luego readmitido.

El deporte moderno demuestra temporada a temporada que los entrenadores deben ante todo ser gestores de grupo, generar complicidades y motivar con estímulos positivos. Los conocimientos técnicos, a este nivel, se dan por descontados. Ahí están los casos recientes de Carlo Ancelotti o Zinedine Zidane para constatar que con mano de seda, y sentido de la autocrítica, se puede viajar más lejos que con mano de hierro. Jasikevicius debería revisar su libro de estilo. El actual solo puede conducir al hartazgo. Tanto en el baloncesto como en la vida, ¿quién querría trabajar con un jefe así?