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El regateo del regreso

La sombra de la corrupción le acompañó hasta Abu Dabi donde ha parecido querer expiar unas irregularidades asumidas a través de la regularización fiscal y compendiadas en tres causas legales que fueron archivadas por la fiscalía correspondiente

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El regateo del regreso

Brais LORENZO / AFP

En los vestidores de una céntrica tienda de moda masculina de Barcelona había una serie de fotografías de famosos luciendo con elegante naturalidad prendas que en su momento se hubieran podido comprar en el establecimiento. Mayoritariamente imágenes en blanco y negro. 

Entre las de actores de referencia de la segunda mitad del siglo pasado había una en la que se veía a un hombre alto, joven, apuesto, sonriente, traje claro, corbata contrastada a juego, pelo corto ondulado frente a la puerta de acceso al local bajo los toldos que anuncian todavía hoy la firma comercial. Por la inclinación del cuerpo parece que vaya a entrar aunque sus acompañantes disimulen la intención para, supuestamente, protegerle del viandante que le reconoce y le saluda. 

Quedaba pues la duda de si la personalidad cuando se vestía a la italiana lo hacía en aquel comercio de la ciudad al que podía acudir cuando aprovechaba cualquier pretexto o excusa para desplazarse hasta su puerto para coincidir con sus amigos navegantes, ir a su peluquero de confianza, comer en sus restaurantes favoritos, disponer de una privacidad sin control y recuperar el desahogo que advertía que no se le concedía en Madrid. Es sabido que allí pasar desapercibido siempre ha sido mucho más difícil para un famoso que en la capital que se vendía como más cosmopolita y menos cortesana. Y la mayoría de veces que esto acontecía, ni las autoridades lo sabían. Se les ahorraba pleitesía para ganar libertad.  

Juan Carlos I de España (Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón, Roma, 5 de enero de 1938) ha vuelto al país de sus casi 40 años de reinado tras 655 días de ausencia inducida. Ha esperado que la justicia dirimiera los posibles delitos conocidos tras las denuncias de su amiga y amante. Y con esto, ya tuvo bastante. 

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La sombra de la corrupción le acompañó hasta Abu Dabi donde ha parecido querer expiar unas irregularidades asumidas a través de la regularización fiscal y compendiadas en tres causas legales que fueron archivadas por la fiscalía correspondiente, no sin escándalo, por su posible prescripción y ante la imposibilidad de imputárselas por haber tenido lugar cuando gozaba y se aprovechaba de la inviolabilidad que le otorgaba el cargo.  

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Cuentan las crónicas que su regreso puntual a casa se quería tan discreto como desapercibido. Pero como advierte el proverbio chino que si no quieres que se sepa, no lo hagas, al cumplir con su promesa anunciada tras especulaciones y rumores constantes y buscar su redención popular a través de sus defensores acérrimos, el emérito ha generado a su entorno el revuelo propio del hijo pródigo. Y la alegría por ver y aplaudir al pecador falsamente arrepentido que somete al silencio y la resignación a 99 justos ha desbordado toda cautela y desplazado toda moderación.  

Su delicado e inestable descenso del avión privado ha dibujado a un hombre mayor, limitado, que necesita de la ayuda de sus colaboradores pero que intenta demostrar que quien tuvo, retuvo. Pero tampoco. Al no poder regresar a su antigua condición de vida y nivel a causa de su conducta inaceptable de la que todavía no se ha disculpado, queda a expensas del legado literario de Cervantes: “no puede haber gracia allí donde no hay discreción”.