UN SOFÁ EN EL CÉSPED Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Posición Lateral de Seguridad

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Xavi observa el Barça-Rayo en un segundo plano, detrás de Ousmane Dembélé.

Xavi observa el Barça-Rayo en un segundo plano, detrás de Ousmane Dembélé. / Jordi Cotrina

Hace unos días, el amigo y compañero Rafa Tapounet nos advertía del “verano melancólico” que nos esperaba. Yo todavía diría más, como hacían los Dupont y Dupont. Un buen verano bastante melancólico nos espera, y más aún si tenemos en cuenta que la melancolía es una tristeza vaga, sombría y duradera, pero que se sufre en privado, mientras que en nuestra situación actual de barcelonistas melancólicos se añade la bilis negra de la envidia, la contemplación de los logros ajenos. Estamos y viviremos en desbarajuste, pero también seremos testigos de cómo Haaland se vuelve azul celeste y de cómo Mbappé (si se arreglan los papeles) viste de blanco. Melancolía, mezcla de nostalgia y de inanición, con unas gotas de inquietud, mientras los contrarios se refuerzan y nosotros dejamos escapar (eso dicen) a Frenkie de Jong (esa antigua esperanza) en dirección a la acera roja de Manchester.

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Hace días que observo una escena que puede contemplarse desde múltiples ópticas narrativas. El amigo con el que suelo ver los partidos me anima a acompañarle en este recorrido por las regiones devastadas del imperio para animar al equipo en la heroica conquista de la segunda posición de la Liga. Cuando le digo que no voy a ir (aunque me promete una cena pantagruélica), me canta las excelencias de la lucha por la plata en una competición donde la plata no existe. De hecho, algo de plata hay (es lo que me dice como argumento definitivo a favor): el dinero de más que el club ingresará y el dinero que recogerá del invento de la Supercopa en el reino de Arabia Saudí. Me maravilla ante esta fe incombustible.

Asiste a los últimos coletazos de la liga con un entusiasmo similar al que recuerdo que teníamos ante una final de Champions. Esto es la melancolía. La tristeza por todo lo que ya no está, la dilución de las esperanzas en una solución de antiguas memorias pastosas. Él se entusiasma por el gol en el último minuto de Alba como si fuera el de Stamford Bridge y, mientras los demás amigos hablan de bagatelas ante una cerveza, se empeña en seguir el accidentado partido del Celta a través de una minúscula pantalla de móvil. Primero, le veo como un poseso; después, me genera una tierna simpatía sentimental; más tarde, llegamos ambos a la conclusión de que no habrá dinero para renovar nada (calderilla, a lo sumo, minucias) y que tendremos que convivir todo el año con lo que hay. Le digo que lo mejor que podemos hacer es practicar, como hicieron Iago Aspas y Èric Garcia, la Posición Lateral de Seguridad. La PLS. Es decir, que el herido, contusionado y aturdido como el pobre Araujo, se estire de lado y trate de respirar como pueda mientras llegan las ambulancias. El herido es el Barça, que contempla el final de esta temporada no con el empeño de dejar atrás unos meses de sumisión, resurrección y bajada a los infiernos (por este orden), sino con el panorama de hacerse a la idea que el próximo año todo seguirá siendo igual de melancólico.