GOLPE FRANCO

Razón de amor por Pep Guardiola

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Guardiola observa el último entrenamiento del City, en Manchester, antes de viajar a Madrid.

Guardiola observa el último entrenamiento del City, en Manchester, antes de viajar a Madrid. / Oli Scarff / Afp

Tengo algunos recuerdos personales (muchos los tendrán: es inolvidable) de Pep Guardiola. Una vez fui a entrevistarle a Barcelona y me llevó hasta una barbería en la que no sé por qué siempre creí que allí también se cortaba el pelo Manuel Vázquez Montalbán. Otra vez le mandé una fotografía en la que mi nieto de cero años aparecía vestido de culé, con un equipaje que le había enviado como premio por nacer mi querido amigo, y compañero, Lluís Bassets. A vuelta de fotografía (el día en que el Barça iba a ganar una de sus copas de Europa), Pep me respondió al envío con esta frase: “Ya llenará los pantalones”. 

Los llena ahora, más o menos, pero el chico se nos hizo del Real Madrid, y ayer, por cierto, jugando su propio fútbol, ganó por 7-1 al equipo contrario. Hace años, estando en Málaga con Santiago Segurola, con David Trueba y con Luis Alegre, el amigo de todo el mundo, le dije algo que lo enfadó sobremanera, y de lo que me arrepentí en cuanto lo vi subirse por las nubes de la historia de la ética y de la estética del FC Barcelona. 

Le había dicho, con la intención, como decía Julio Cortázar, de rellenar las almohadas de la conversación, que eso de tardar en despejar para jugar con la pelota en el área era un peligro capital para la integridad de la portería del equipo. 

Lo que me dijo ha sido ya para siempre una lección ante la que no he titubeado jamás. “El Barça tiene que salir a jugar siempre, jamás debe despejar porque sí, hay que jugar hasta cuando no se juega”. Ese fue su estilo, y lo es aún, midiéndose con cualquiera. Es un esteta de la moral del juego, no es un botarate que prefiere el patadón a la paciencia de generar pases que en algún momento pueden ser goles o jugadas memorables, pues el fútbol se inventó para competir con las nubes y no con las piedras. 

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Hay un último recuerdo, de muchos otros, que me une a la admiración que muchos tienen por la manera de concebir el fútbol de Pep Guardiola. Cuando decidió marcharse, en la sesión de despedida, lo recuerdo como un escolar esperando la nota final, sabiendo además cuál era la que la directiva le daba, así como la que le otorgaba una afición agradecida. Yo estaba en un país extranjero, e hice hueco para no faltar en esa ocasión extraña, envuelta en injusticia y posible olvido. 

En el momento en que la directiva anunció quién sería su sustituto él miró alrededor, como si nadie le hubiera avisado. El elegido había sido Tito Vilanova, noble sucesor donde los haya. En ese instante parecía evidente que el Barça había evitado que Guardiola supiera antes esa circunstancia, y su mirada era la del desconsuelo de quien siente que algo pasó para que lo normal se trocara en estúpido descuido. Y jamás cuando escucho cómo se juntan las palabras Barça y Guardiola dejó de sentir en mi recuerdo aquella extrañeza desengañada del hombre que, en los años recientes, más ha hecho por el equipo de mi vida.