Artículo de Natàlia Cerezo Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Una de las paradas de libros instaladas en el paseo de Gràcia sale volando el día de Sant Jordi.

Una de las paradas de libros instaladas en el paseo de Gràcia sale volando el día de Sant Jordi. / RICARD CUGAT

Primero éramos dos sentados en una mesa plegable, cada uno con su libro delante. Hasta última hora el Ayuntamiento no ha decidido si montaría la feria, me contó la librera cuando llegué, aún desembalando libros, aunque ya eran más de las 11. Mira de reojo el cielo, cubierto de nubes espesas, como si estuviéramos bajo la tripa de un gato gordo. Un viento frío levanta las banderas de las paradas, y la gente va del brazo, abrigada con chaquetas y bufandas como si fuese noviembre.

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Pongo el libro delante de mí y me siento. Más tarde vendrán más escritores y poetas del pueblo y tendrán que sacar una segunda mesa. Un goteo constante de personas viene a ver al escritor de mi lado, que entre firma y firma me cuenta que es su primer libro, que está basado en su perra, que se murió, y que va de un joven con una enfermedad minoritaria.

A ratos sale el sol. Es día de mercado y entre las paradas de rosas y libros también las hay de ropa. De repente, como espoleadas por una premonición, unas vendedoras de ropa interior comienzan a recoger. Solo son las doce, pero meten las bragas sobaqueras, las medias y los calcetines y los calzoncillos deprisa en cajas, de cualquier modo. Poco después, cuando ya lo tienen casi todo recogido, comienzan a caer unas gotas grandes que suenan como pájaros golpeando el cristal de una ventana. La gente se refugia bajo las carpas de los puestos, los libreros sacan deprisa unos plásticos enormes para cubrirlo todo. Las gotas se convierten en una cortina de agua y cuando ya estamos todos bajo cubierto alguien dice “graniza”. Las bolas de granizo son pequeñas como copos de nieve, cubren el suelo, los plásticos de sobre los libros, la plaza. Por la tarde iremos a Barcelona y todo será aún más apocalíptico, con el centro colapsado, como en los viejos tiempos, pero también lleno de policía y bomberos, de libreros salvando lo que pueden con plásticos, de puestos que se ha llevado la tormenta. Pero ahora todavía estamos aquí, esperando que pare de granizar.

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