La campaña militar (21) | Artículo de Jesús A. Núñez Villaverde Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Soldados ucranianos se dirigen a la línea del frente cerca de Izyum.

Soldados ucranianos se dirigen a la línea del frente cerca de Izyum. / JORGE SILVA (REUTERS)

Mientras nos vamos acostumbrando a términos tan difusamente definidos como guerras híbridas, asimétricas, de bajas cero -las propias, por supuesto- o 2.0, la guerra de Ucrania nos obliga a volver a la trágica realidad de ejemplos tan brutales y primarios como Mariúpol y, más concretamente, el asalto a la acería de Azovstal.

Desde luego, el desarrollo tecnológico aplicado al campo de batalla tiene una notable influencia en la estrategia y en la táctica. Y así como en su día la ametralladora y los carros de combate devolvieron los caballos a los establos, hoy la entrada en servicio de los drones está cuestionando de manera probablemente irreversible el protagonismo que hasta ahora tenían esos mismos blindados en las operaciones terrestres; a la espera de que las armas autónomas -también conocidas ya como killer robots- acaben por provocar cambios aún más drásticos en el empleo de la fuerza para imponer la voluntad propia al enemigo.

Pero, como ocurre en tantos otros conflictos violentos ahora silenciados, la guerra de Ucrania nos enseña que conviene no apresurarse en emitir el certificado de defunción de algunas variables bélicas que, a primera vista, podrían parecer superados. Así ocurre, por ejemplo, con decisiones como la que Vladímir Putin ha adoptado, declarando la guerra sin cuartel- una aberración tanto en términos legales como éticos- en Mariúpol. En la tan teatral como macabra escena difundida por el Kremlin, en la que Putin demanda a su ministro de defensa que "no salga ni una mosca" de Azovstal, se resume la inhumanidad de un uso de la fuerza que desprecia abiertamente la Carta de la ONU y los Convenios de Ginebra y que no desentona con lo que pudiera haber decidido cualquier sátrapa en el pasado.

Dos meses de guerra

Por otra parte, hoy como ayer, vuelve a quedar de manifiesto que por mucha potencia de fuego que Rusia emplee para lograr sus objetivos- sea con fuego artillero, aviación o helicópteros- el terreno, sea en localidades o a campo abierto, no acaba de estar controlado hasta que las unidades de infantería lo pisan finalmente. Y lo que se detecta en los dos meses de guerra ya transcurridos es que las unidades rusas son escasamente capaces de llevar a cabo acciones terrestres tan básicas como combinar el avance de sus tropas con cobertura artillera y aérea de proximidad. Del mismo modo, tampoco parecen capacitadas para realizar acciones a gran escala, que al menos impliquen efectivos de nivel brigada o incluso de grupo táctico (unos 1.000 soldados); limitándose a acciones de tipo compañía o sección y, sobre todo, a golpear indiscriminadamente con proyectiles, cohetes y misiles que, por si solos no logran resultados definitivos.

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Igualmente, queda claro que sigue siendo fundamental contar con el dominio del espacio aéreo. Y el hecho de que Rusia, a pesar de su teórica superioridad de medios en este ámbito, no lo haya conseguido todavía explica en gran medida el fracaso cosechado hasta ahora. A sus propias deficiencias se une el hecho de que, como ya se vio en el Afganistán ocupado por los soviéticos, los misiles antiaéreos siguen siendo armas tan efectivas como los misiles contracarro, si no hay un adecuado empleo de las unidades terrestres encargadas de eliminarlos para abrirle paso a esos sistemas mucho más caros y difíciles de reemplazar de inmediato.

Por último, no parece que en este caso la victoria o la derrota dependan tanto de alguna novedad tecnológica como de factores tan elementales como la moral de combate. Y ahí Ucrania va por delante.