Artículo de Albert Garrido Análisis Interpretación de las noticias a partir de unos hechos comprobados, incluyendo datos, así como interpretación de cómo puede evolucionar el tema en base a acontecimientos pasados.

El desafío ultra en Francia, una constante histórica

La extrema derecha francesa cultiva un nacionalismo incompatible con el europeísmo, predica la islamofobia y reclama el cierre de fronteras para combatir los flujos migratorios

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Jean-Marie Le Pen y su hija, Marine Le Pen, en un acto en el 2006.

Jean-Marie Le Pen y su hija, Marine Le Pen, en un acto en el 2006. / ALAIN JULIEN (AFP)

Detrás de la influencia cada vez mayor de la extrema derecha en Francia es posible dar con una tradición política que se remonta al siglo XIX. Diferentes autores fijan su atención en los acontecimientos que siguieron a la quiebra de la Segunda República (1848-1852), a la coronación de Napoleón III –nacimiento del Segundo Imperio– y a la derrota francesa en la guerra franco-prusiana, con la consiguiente pérdida de Lorena y Alsacia, para vislumbrar que es a partir de ese momento cuando se concretan los fundamentos ideológicos de la extrema derecha. Como escribió François Châtelet, esta entiende desde entonces que el principal atributo legitimador del Estado debe ser su autoridad ilimitada.

El primer líder reconocible de tal corriente, nacionalista, cesarista y antidemocrática, fue el general Georges Boulanger (1837-1891), que participó con denuedo en la represión de la Comuna de París y vio en la victoria legitimista en las primeras elecciones de la Tercera República una rendija por la que colarse. La creación por Paul Déroulède de la Liga de los Patriotas dio alas a las ensoñaciones autoritarias del militar, que alarmó al republicanismo durante su desempeño de ministro de la Guerra (1886-1887) en un Gobierno de Georges Clemenceau. Finalmente, estuvo a un paso de encabezar un golpe de Estado en 1889, pero a última hora dio marcha atrás y acabó sus días en el exilio descerrajándose un tiro en la cabeza ante la tumba de su amante.

Dos hechos marcaron en los años siguientes la deriva de la extrema derecha: el caso Dreyfus, que se prolongó de 1894 a 1906, y la fundación de la Acción Francesa por Maurice Pujo y Henri Vaugeois en 1898, el mismo año en el que el escritor Émile Zola publicó en la portada del periódico 'L’Aurore' el famoso artículo titulado 'J’accuse'. El escandaloso proceso y la condena del capitán Alfred Dreyfus, alsaciano de origen judío, dejó al descubierto el antisemitismo que anidaba en la sociedad francesa: Zola deploró en su alegato “la caza a los sucios judíos, que deshonra nuestra época”; Pujo prodigó las referencias a una “conspiración judía”.

En mitad del debate nacional sobre el caso Dreyfus atrajo la atención Charles Maurras (1868-1952), que se unió a la Acción Francesa al año siguiente de su fundación. Monárquico, católico y contrario al parlamentarismo, enunció su teoría de los cuatro estados confederados 'hors la nation' –judíos, masones, protestantes y extranjeros– y reclamó una salida autoritaria para restablecer la identidad colectiva bajo la forma de un nacionalismo integral, sin ingredientes foráneos. La influencia de Maurras fue enorme en el periodo de entreguerras, inspiró a los promotores de otras organizaciones de extrema derecha como Pierre Taittinger, interesó al joven Charles de Gaulle y apoyó al Gobierno títere de Vichy, por lo que fue condenado a cadena perpetua en 1945.

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Aún hoy, Maurras es una referencia para la extrema derecha más radical, en igual medida a como lo es el alemán Oswald Spengler (1880-1936), autor de 'La decadencia de Occidente', que sin duda impregnó la orientación política de personajes tan diferentes como el escritor Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) y Robert Brasillach (1909-1945). Céline fue autor al mismo tiempo de una grandiosa novela, 'Viaje al fin de la noche', y de panfletos antisemitas, y colaboró con la Gestapo durante la ocupación de Francia; Brasillach apoyó la sublevación franquista, escribió un par de libros sobre la guerra civil española y fue un destacado colaboracionista, fusilado en 1945. Los dos compartieron con Spengler la necesidad de una solución cesarista para poner a salvo a Occidente.

El régimen de Vichy, encabezado por Philippe Pétain, movilizó a todas las organizaciones ultras en apoyo del acuerdo con la Alemania nazi. “Los conservadores tuvieron bajo Vichy poderes que el sufragio universal se los negó desde 1932, y los técnicos, una potencia que los políticos nunca se la dieron”, resumió el historiador Robert O. Paxton en 'Old guard and new order'. La vergüenza del colaboracionismo sonrojó a muchos franceses, pero el encubrimiento de demasiados episodios actuó en la práctica como el resorte que permitió la reaparición de la extrema derecha.

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Fue Pierre Poujade (1920-2003) el movilizador de las nuevas corrientes ultras. Al fundar en 1954 la Unión en Defensa de los Comerciantes y Artesanos de Francia, a partir de su experiencia en Vichy con el movimiento juvenil Compañeros de Francia, no hizo otra cosa que encauzar el descontento de la pequeña burguesía fuera del sistema tradicional de partidos de la Cuarta República. En 1956 logró 52 escaños, entre ellos el de Jean-Marie Le Pen. No es exagerado decir que Poujade puso los cimientos del Frente Nacional, creado en 1972, de la misma manera que la sangrienta descolonización de Argelia y la aparición de la Organización del Ejército Secreto (OAS por sus siglas en francés) activó a los jóvenes ultras de la posguerra.

Cuando Jean-Marie Le Pen se presentó a la elección presidencial de 1974 apareció como un personaje grotesco. Pocos creyeron que fuera el heredero de una larga tradición política que, a partir de él, cultiva un nacionalismo incompatible con el europeísmo, que predica la islamofobia y un velado antisemitismo, que reclama el cierre de fronteras para combatir los flujos migratorios y que denuesta la economía global. Pero es con esos mimbres con los que disputó en 2002 a Jacques Chirac la presidencia y son esos mismos mimbres, suavizados para la ocasión, los que han llevado por segunda vez a Marine Le Pen, hija del fundador, a aspirar al Eliseo. Entre tanto, sigue sin respuesta la gran pregunta planteada por Michel Foucault sobre quiénes mueven finalmente los hilos de la trama.