Artículo de Eulàlia Vintró Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Menos peleas y más gobierno

Ante la inesperada y consistente crisis bélica, migratoria, económica, energética y social es esperpéntico que Catalunya no tenga gobierno y que la campaña electoral de las próximas elecciones municipales sea más trascendente que el bienestar de la población

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El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, y el vicepresidente, Jordi Puigneró.

El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, y el vicepresidente, Jordi Puigneró.

Si mis artículos han reiterado alguna cuestión, la falta de gobierno en Catalunya ha sido una de las más constantes, hasta el punto de dedicar uno entero en noviembre de 2018. Lamentablemente, transcurridos tres años y medio, seguimos sin Govern y, pese a la gravedad de la situación actual, nada hace prever que ni el Consell Executiu ni el Parlament tengan la intención de ejercer sus competencias.

La revisión del contenido de los plenos del Parlament del año actual permite comprobar que no se ha aprobado ni una sola ley y que las sesiones celebradas se han dedicado a preguntas, interpelaciones y mociones, decretos, nombramientos y algunas modificaciones en los sistemas de realizar nombramientos. Salvo esto último, que ha permitido actualizar muchos cargos institucionales caducados desde hacía meses, el resto no goza de mucho conocimiento por parte de la ciudadanía y no suele producir ninguna actuación gubernamental significativa y provechosa para la gente.

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Sin embargo, a finales de diciembre, se aprobaron los presupuestos para el año 2022 y la ley de medidas fiscales, financieras y administrativas del sector público del mismo año. Como consecuencia, tenemos asignados los fondos de la Unión Europea y disponemos de unos ingresos significativamente superiores a los de los diversos presupuestos renovados de años anteriores. Merece la pena recordar que el acuerdo previo con los 'comuns' permitió incorporar enmiendas favorables a los sectores más frágiles, al mundo del trabajo y a la fiscalidad, pero, de momento, no resulta nada perceptible la afirmación del presidente de la Generalitat, en el momento de agradecer los nuevos presupuestos y de insistir en su compromiso de “avanzar en la transformación social, verde, feminista y democrática”.

Han transcurrido dieciséis meses desde las elecciones y trece desde la constitución del nuevo Govern, que se ha convertido en un patético modelo de desunión, confrontación e incapacidad de actuación. Quien sigue las relaciones entre los habituales Gobiernos de coalición entre dos o más partidos en los estados europeos, y últimamente también en España, sabe perfectamente que las discrepancias son frecuentes pero no paralizan la acción gubernamental ni el cumplimiento de los acuerdos y programas pactados. La tensión entre ERC y Junts es tan fuerte que el portavoz de Junts ha anunciado que están investigando el nivel de realización del programa de gobierno para reprochar a ERC las carencias, como si ellos no formaran parte del mismo Govern.

Merece la pena comentar el acuerdo unitario para modificar la ley de política lingüística, con la intención de orillar la sentencia del 25%. El 24 de marzo se publicó en el Parlament la propuesta de modificación de esta legislación firmada por ERC, PSC, Junts y 'comuns' y que pretendía que en Catalunya los aprendizajes de las diversas lenguas se hicieran sin porcentajes. El mismo día, Junts se retiró del acuerdo y dijo que busca otro con las entidades y la comunidad educativa para “construir este nuevo consenso”, sin excluir a ERC, PSC y 'comuns'. Para ERC el pacto ya existente es sólido y muy razonable, el hecho de que Junts se descuelgue les sorprende y consideran “una irresponsabilidad actuar de esta manera”. Más de veinte días después no hay ninguna novedad, aunque si se lleva a votación la propuesta de los tres partidos que mantienen el acuerdo la ganarían. Que los dos partidos del Govern, independentistas, no sean capaces de coincidir en la política lingüística catalana y de tratar de sumar al mayor número posible de fuerzas políticas es la prueba más evidente de su nula voluntad de anteponer los intereses de la ciudadanía a su opción partidista y electoralista.

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Ante la inesperada y consistente crisis bélica, migratoria, económica, energética y social, que exige de todos los gobiernos una dedicación absoluta para encontrar fórmulas que permitan recuperar la paz y aliviar los principales problemas, es esperpéntico que Catalunya no tenga gobierno y que la campaña electoral de las próximas elecciones municipales sea más trascendente que el bienestar de la población.

Catalunya no va bien y, si sigue así, empeoraremos mucho.