Artículo de Jordi Serrallonga Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Guerra, genética y cultura

La guerra es un producto cultural reciente. Busquemos culpables cerca; no en los primitivos genes

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REUTERS

Fue despertar con los horrores de la guerra en Ucrania e, ipso facto, a modo de exculpación, volvimos a situar semejante atrocidad en lo más oscuro de nuestra naturaleza. ¿La guerra está los genes? ¿Es inevitable?

Sábado, 8/12/1979. Era la noche de 'La Clave'; del humo de la pipa de José Luis Balbín y de los cigarrillos de Santiago Carrillo cuando figuraba entre el elenco de tertulianos. Ataviado para la ocasión, con pijama, bata y pantuflas –detestaba aquel uniforme nocturno–, me acomodé en el tresillo y esperé, impaciente, los créditos de la película que precedía al debate. Gracias al mítico programa de TVE –todo empezó un año antes, cuando mi padre me invitó a la sesión de Balbín sobre 'El Planeta de los Simios'– topé con el mundo real de la mano del buen cine. Y en ese aprendizaje incluyo 'El Tormento y el Éxtasis'. Hasta ese momento, para un crío de diez años, las cintas como 'Objetivo Birmania' –con buenos y malos, sin sangre ni vísceras– se sumaban a los comics de 'Hazañas Bélicas' y a las batallas de tanques y soldaditos de plástico que salían de los sobres sorpresa a 5 ptas. Por lo tanto, nada más ver las primeras escenas del film, un combate entre dos ejércitos del siglo XVI, pensé que la aventura estaba servida. El zasca moral llegó cuando el caballero de la armadura, el que repartía más mandobles que ninguno (Rex Harrison), resultó ser Julio II, el papa guerrero.

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Este primate iba a la escuela pública y laica, y el mensaje hippie de los setenta –haz el amor y no la guerra– parecía armonizar con los Diez Mandamientos que, a su manera, me explicó mossèn Leandre: el párroco de barrio cuya iglesia era una nave industrial sin campanario y donde refugiaba a los vecinos que huían de otros mandobles: las porras de los grises. No usaba sotana, sino los famosos jerséis Camacho. Mi alma atea siempre vio en Leandre a un profesor, y cuando dijo aquello de no matar al otro, y lo relacionó con las guerras que veíamos en 'Informe Semanal', pues creí que todos los curas debían ser tan sabios y buenos como él. Por supuesto que la visión de un Papa, matando a diestro y siniestro en nombre de Dios, desmontó los esquemas; hoy ando curado de espantos. 

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Existen guerras, y no son pocas, repartidas por 'El Planeta de los Humanos'. Y me refiero a las guerras donde intervienen soldados, balas y se bombardea –asesina–, viola y saquea. Guerras muchas veces invisibles para la opinión pública pero muy visibles para los que las padecen. Hablo de esas guerras que, bajo el pretexto de causas religiosas –las cruzadas de todo tipo y signo–o de liberación nacional, son orquestadas por unos pocos poderosos desde la seguridad de sus despachos. Es fácil enviar a otros hacia la destrucción. Pero, para qué buscar excusas cuando el origen de la guerra está en el poder y el control de la riqueza: proteger la propia o hacerse con la ajena. El origen de la guerra no está en la 'locura' de ciertos personajes (no ofendamos a los que padecen auténticas patologías mentales). Ni en nuestros genes primigenios. Es algo cultural que nació con el paso de la vida predadora de los cazadores-recolectores paleolíticos a la economía productora –agricultura y ganadería– del Neolítico. Hace poco más de 10.000 años, un suspiro comparado con los 7 millones de años de evolución humana.

La arqueología nos demuestra que el inicio de los poblados amurallados y los muertos por armas ofensivas datan de ahí. Por eso me entristece que, coincidiendo con la guerra de Ucrania, en las redes hayamos recuperado la presunta guerra de nuestros primos chimpancés en Gombe –así la definió Jane Goodall– o demos mayor énfasis a los recientes e interesantes descubrimientos en la Sima de los Huesos de Atapuerca: individuos preneandertales que podrían haber muerto debido a traumatismos craneoencefálicos intencionales. 'Una flor no fa estiu, ni dues primavera'. Una cosa es la violencia o agresividad animal –intragrupal e intergrupal– que observamos no solo en primates sino en leones, lobos marinos, etc., otra muy diferente es la guerra. Llevo años con los hadzabe de Tanzania; son Homo sapiens, y desconocen la guerra. La guerra es un producto cultural reciente. Busquemos culpables cerca; no en los primitivos genes.