La campaña militar (19) | Artículo de Jesús A. Núñez Villaverde Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La Legión Internacional, un asunto resbaloso

Nada indica que la participación de combatientes extranjeros en las labores de combate esté siendo muy relevante

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Militares ucranianos montan guardia en un puesto de control en las afueras de Barvinkove, en el este de Ucrania.

Militares ucranianos montan guardia en un puesto de control en las afueras de Barvinkove, en el este de Ucrania. / Ronaldo Schemidt/AFP

El alistamiento de combatientes extranjeros en una guerra tiene una larga tradición histórica y ni siquiera en Ucrania es una novedad. Ya en 2014, tras la anexión rusa de Crimea, ambos bandos procuraron contar con refuerzos internacionales en sus filas, aunque su participación nunca fue muy significativa. Y aunque ahora Moscú también ha abierto sus puertas a la incorporación de ciudadanos extranjeros, anunciando hace semanas un colectivo de unos 16.000 “voluntarios” sirios que todavía no han entrado en acción, es Kiev quien ha dado un paso más llamativo con la creación, el pasado 27 de febrero, de la Legión Internacional de Defensa Territorial de Ucrania.

Se trata de una unidad sobre la que hay más dudas que certezas, comenzando por su propia entidad y composición. Kiev sostenía ya a mediados de marzo que más de 20.000 personas habían solicitado formar parte de ella, pero aún hoy se desconoce cuántas se han incorporado realmente a filas. También se suele mencionar que hay unas 50 nacionalidades representadas, con EEUU (alrededor del 30%), Reino Unido (18%), Alemania (7%) y Canadá (5%) a la cabeza, sin que sea posible confirmar o desmentir tales datos. Formalmente está encuadrada en las fuerzas armadas nacionales, por lo que no cabría calificarla como una milicia ni una fuerza paramilitar; pero se reconoce que hay grupos, como los chechenos o los bielorrusos, que combaten en el bando ucraniano sin estar orgánicamente integrados en dicha unidad, ni, por tanto, subordinarse o coordinarse al menos con los mandos militares que operan en la misma zona. Igualmente se sabe que a sus miembros se les ha recomendado que traigan su propio material (incluyendo armas), pero también hay noticias de que muchos han sido rechazados por no contar con experiencia previa de combate.

Sea cual sea su entidad real, nada indica que su participación en labores de combate esté siendo muy relevante. En principio sus miembros deben pasar uno o dos meses de instrucción, especialmente en el centro de Yaroviv, antes de ser desplegados en zonas de combate; pero tampoco parece que su participación haya sido determinante en ninguno de los frentes de combate activos en los que hasta ahora se ha identificado su presencia.

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A la espera de poder calibrar más adelante su verdadero peso militar, de momento ya afloran aspectos que convierten a quienes rechazan la denominación de combatientes extranjeros (por distanciarse de los que se alistan en Al Qaeda o Daesh) en elementos controvertidos. Por una parte, es innegable que, junto a los que se alistan por simpatía con la causa ucraniana, hay entre ellos un buen número de supremacistas, mercenarios y hasta amantes de las aventuras extremas que, como mínimo, ensombrecen la causa por la que dicen luchar. A eso se une la dificultad objetiva de conformar una unidad realmente operativa en la que conviven individuos que no comparten la misma lengua y sin procedimientos de combate consolidados en común. Igualmente, la experiencia enseña que, una vez finalizado el conflicto, su reintegración social resulta un verdadero desafío tanto en el país en el que han combatido como en sus propios lugares de origen.

Todo ello lleva a pensar que este tipo de unidades, con el regimiento Azov como referencia ya conocida, terminan por ser más bien un recurso que sirve más a la imagen de quien quiere demostrar que su causa cuenta con un amplio respaldo internacional que un activo militar efectivo, más allá de que puntualmente pueda resultar útil.