Artículo de Eva Arderius Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La fauna de Barcelona

Si el experimento funciona, el rebaño antiincendios dejará de ser un servicio exótico para convertirse en un servicio municipal más

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Una imagen del rebaño que pasta en un área de matorrales de Collserola situada sobre el barrio de la Font del Gos y Montbau, en el distrito de Horta-Guinardó.

Una imagen del rebaño que pasta en un área de matorrales de Collserola situada sobre el barrio de la Font del Gos y Montbau, en el distrito de Horta-Guinardó. / RICARD CUGAT

Llegaron a Barcelona la semana pasada, a media mañana, en un camión desde Sant Llorenç Savall. Les costó bajar pero cuando la primera se decidió, las otras la siguieron. Se trata de 295 cabezas de ganado, un rebaño formado por cabras y ovejas que vigilan dos pastores y cuatro perros. Ya están en la que será su nueva casa, los bosques de Collserola, entre Montbau y la Font del Gos, en el distrito de Horta-Guinardó de Barcelona. No necesitaron adaptación. A los cinco minutos de llegar ya estaban comiendo la hierba más cercana al camión, ante la mirada embobada de los 'pixapins', poco acostumbrados a ver ganado en Barcelona. El rebaño pastará durante todo el día y su función es limpiar el bosque y prevenir los incendios, la gran preocupación de los vecinos de los barrios de montaña, los bomberos y los gestores del parque natural. Un incendio de sexta generación quemaría Collserola en ocho horas, según los expertos. Por eso se necesita una máquina perfecta como esta, que trabaja de sol a sol y no necesita combustible. Si este rebaño antiincendios funciona, se ampliará a más zonas de Barcelona. De hecho, ya hay otras ciudades metropolitanas que también tienen.

Pero ver ovejas y cabras pastando por la ciudad, aunque sea en el bosque, no deja de ser exótico. Tenemos nueva especie animal en Barcelona. Ahora habrá que ver como se adaptan ellas (todo indica que sin problemas), pero sobre todo cómo nos adaptamos nosotros. Y esto es lo que más preocupa a los pastores, la convivencia con las muchas personas que hay en el parque, paseando, corriendo, con el perro o en bicicleta y con cierta curiosidad por ver esta nueva “atracción”.

A los barceloneses nos gusta ver a nuevos animales, especialmente si son poco habituales. Nos gusta hasta que se convierte en un problema. El ejemplo más claro es lo que ha pasado con los jabalís. Hubo un momento que nos hacía gracia verlos comportarse como perritos, acercándose a las personas cuando les daban comida o pisando el asfalto, perseguidos por agentes de la Guàrdia Urbana. Hasta que la anécdota se ha convertido en algo demasiado habitual y ha dejado de ser gracioso. Ahora los jabalís han optado por el 'self-service', por coger directamente la comida de los humanos sin pedir permiso, abrir y tirar los contenedores y campar a sus anchas por las zonas urbanas.

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No es lo mismo, pero también nos ha pasado con las cotorras. Cuando empezamos a verlas en los árboles nos parecía curioso escuchar su grito y ver su verde tropical, hasta que ha habido demasiadas. Ahora es una especie invasora, su sonido ya forma parte del ruido de la ciudad y su verde ya no nos parece ni tan llamativo ni tan tropical. La fauna barcelonesa, como debe pasar en todas las ciudades, no es para tirar cohetes. Palomas que, a medida que te haces mayor, te dejan de gustar y solo ves en ellas una especie de reencarnación de 'ratas voladoras'. Las gaviotas, tan idílicas de lejos y tan terroríficas de cerca. Asustan cuando se las ve robando los bocadillos a los niños en el patio de un colegio o destripando a otra ave, normalmente una paloma. Por no hablar de lo que no vuela. Todo lo que se mueve entre el asfalto y el subsuelo es aterrador.

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Quizás por eso, porque la fauna habitual es más bien gris y poco idílica, los barceloneses nos volcamos con las nuevas especies. Nos gusta verlas y detectarlas. Ponemos cámaras en los nidos de los halcones para ver cómo nacen, grabamos a los delfines cuando se acercan a nuestro litoral, custodiamos los nidos de la tortuga careta o vigilamos las nutrias del Besòs, que indican que el agua está limpia. Pero aun así, no sabemos convivir con ellos. Los animales no lo tienen fácil en la ciudad. No se lo ponemos fácil. La ciudad los acaba estropeando.

Esperemos que a las ovejas y a las cabras que acaban de llegar a Barcelona no les pase como al resto de especies. Que no se conviertan en un problema. Porque si el experimento funciona, dejarán de ser un servicio exótico para convertirse en un servicio municipal más, un servicio imprescindible para una ciudad que también tiene montaña, aunque a veces nos olvidemos de ello. Quizás el próximo homenaje animal que tengamos que pensar no sea para el querido e idolatrado Copito de Nieve, sino para las integrantes del primer rebaño antiincendios de Barcelona. Las pioneras de Sant Llorenç. Les deseo mucha suerte a ellas y, especialmente, a sus pastores. 

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