Artículo de Natàlia Cerezo Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Una nueva luz

Recorrimos las calles del centro, saludamos a la estatua de Hemingway, buscamos peces bajo los arcos del parque de la Media Luna. Y entretanto, palabras profundas y superficiales, tristes y alegres

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Atardecer en Pamplona.

Atardecer en Pamplona. / EFE / JESÚS DIGES

El lunes estaba nublado en Pamplona, pero no llovía. Habíamos llegado un par de días antes porque me habían invitado a dar una charla en la biblioteca de la ciudad, un edificio enorme y espacioso como una terminal de aeropuerto, con un auditorio con unas butacas tan cómodas que mi acompañante incluso se durmió. Ricardo Pita, sabio de la ciudad y maestro y amigo de mi adorada Margarita Leoz, conducía la conversación. Nos habíamos conocido unas horas antes en el Café Iruña, donde decían que Hemingway pasaba muchos ratos cuando visitaba Pamplona, y después de la charla hicimos aprecio cenando juntos y hablando de literatura bajo la luz naranja de las farolas del párking de la biblioteca.

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Fue un fin de semana como dentro de uno de los cuentos de Leoz. Paseamos entre los estantes, ahora llenos de cachivaches, de lo que hacía años había sido una tienda de muebles. Nos vimos brevemente y respetando el distanciamiento, ella, con una de sus hijas cogida de la mano, nos iba indicando con el brazo una iglesia fortificada, el monumento a los fueros, la pulcritud recta del Ensanche. Pasamos por delante de una librería cerrada, Ménades, y nos explicó que la llevaba su amiga Pilar, que se sentaban juntas en el instituto y que ahora era una heavy estilizada (regresamos, al día siguiente, y pudimos comprobar el gusto personalísimo de la librera entre los volúmenes de ensayo clásico, ‘nature writing’, supersticiones y cuentos de miedo: una maravilla). Recorrimos las calles del centro, saludamos a la estatua de Hemingway, buscamos peces bajo los arcos del parque de la Media Luna. Y entretanto, palabras profundas y superficiales, tristes y alegres. 

Hay amistades que llegan con la fuerza de un huracán, que se lo llevan todo por delante y que son muy intensas, pero también muy breves. Y también hay amigos que, como cuando al pasear por un camino que creíamos conocer encontramos un lago de aguas verdes y tranquilas, llegan de forma inesperada, pero para quedarse para siempre.