La campaña militar (7) Artículo de Jesús Núñez Villaverde Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Mariúpol, ejemplo trágico de una táctica inhumana

Putin vuelve a tener prisa porque sabe que su pulso militar es insostenible bajo la batería de las duras sanciones recibidas

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Mariúpol, ejemplo trágico de una táctica inhumana

Moscú sabía que su ultimátum a Kiev para que aceptara la rendición total de Mariúpol, antes de las 5 a.m. del día 21 de marzo, iba a caer en saco roto. Sabía también que la ciudad está resistiendo mucho más allá de lo que calculaba inicialmente y, peor aún, que entrar en sus calles le supondría un esfuerzo bélico para el que no está preparado. Por eso, en línea con lo que ya venía haciendo desde hace un par de semanas, la decisión no ha podido sorprender a nadie: rendirla por aplastamiento.

La fijación rusa con esta ciudad de algo más de 400.000 habitantes viene explicada por, al menos, dos factores. El primero deriva del fracaso del plan inicial de la invasión (rápida eliminación del régimen encabezado por Volodímir Zelensky y control de un corredor terrestre que una a Crimea con la propia Rusia). Apenas una semana después de digerir ese grave contratiempo, Moscú decidió activar el plan B, consistente en términos generales en provocar la conmoción y el pavor de los 44 millones de ucranianos en un intento por quebrar su voluntad de resistencia. Para ello, aprovechando su notable superioridad de fuerzas, se ha encargado de bombardear sistemática e indiscriminadamente las principales ciudades ucranianas, sin distinguir entre población civil desarmada y combatientes, propiedades privadas o públicas, generando un nivel de destrucción que excede con mucho a las necesidades puramente militares para el desarrollo de sus operaciones. Se trata de una táctica inhumana, tantas veces empleada con anterioridad, que en primera instancia busca doblegar al oponente; pero que también pretende provocar una destrucción masiva que impida o haga muy difícil la reconstrucción, si finalmente el invasor tiene que acabar retirando sus fuerzas.

Edificios residenciales de Mariúpol destruidos por los bombardeos rusos.

/ Reuters / Alexander Ermochenko

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En el caso de Mariúpol eso se ha traducido en un bombardeo diario de unas 50-100 bombas de todo tipo, lo que ha provocado la destrucción parcial o total del 80% de todas las viviendas. A eso se suma la reiterada violación de los corredores humanitarios acordados hasta ahora, tanto atacando deliberadamente a quienes pretendan ponerse a salvo saliendo de la ciudad como negando la entrada de alimentos y medicinas para quienes todavía permanecen allí. La cifra de muertos que maneja el gobierno ucraniano supera ya las 4.000 personas, pero es inmediato entender que la realidad es mucho más trágica, aunque solo sea porque se desconoce el número de los que pueden estar sepultados bajo los escombros de tantos objetivos batidos por la artillería y la aviación rusa.

El segundo factor a considerar deriva de la condición de Mariúpol como una ciudad costera clave, junto con Odesa, para el comercio exterior de Ucrania, y punto de referencia en el intento de controlar la totalidad de la región de Donbás, asegurando así el ya mencionado corredor terrestre. La ciudad ya fue objeto de ataques en la primera fase de la guerra, en 2014, pero resistió el empuje de Moscú y sus aliados locales. Ahora, prácticamente cercada, se encuentra sometida a una brutal operación de castigo. Y lo peor es que Putin vuelve a tener prisa porque sabe que su pulso militar es insostenible bajo la batería de las duras sanciones recibidas. Necesita lograr resultados inmediatos en el campo de batalla, aunque solo sea para poder llegar a la mesa de negociaciones en posición de ventaja y, como mínimo, con el Donbás en sus manos. Putin todavía sigue creyendo en la victoria por via militar y el control de Mariúpol, más allá de su valor simbólico, sería un activo muy relevante.