Rusia ataca sin dominio del aire
Moscú no ha conseguido ni siquiera garantizar el dominio del espacio aéreo ucraniano, a pesar de que en las primeras oleadas de ataque logró destruir buena parte de los sistemas antiaéreos

View of inside a Russian Army aviation helicopter as it escorts units of Russian Armed Forces in Ukraine, during their invasion, at in unspecified location in this screengrab obtained from social media, March 2, 2022. Russian Defence Ministry/Handout via REUTERS / REUTERS
Nadie sabe con exactitud cuál es ahora la capacidad aérea y de defensa antiaérea de Ucrania. Nadie sabe tampoco cuántos de los alrededor de 300 aviones de combate que Rusia tiene desplegados en sus Distritos sur y occidental están operativos. Pero lo que resulta evidente en cualquier guerra actual es que, sin el dominio del espacio aéreo, una ofensiva como la que lanzó Moscú el pasado 24 de febrero se complica sobremanera.
Lo que en un principio podía tener sentido, dentro de la ensoñación rusa de pensar que la población ucraniana recibiría a las tropas rusas como salvadoras y que Kiev caería al primer golpe, ha dejado de tenerlo en el momento en que las fuerzas ucranianas han demostrado una notable capacidad de defensa, ralentizando la progresión de los invasores y obligándoles a modificar sus planes. Y, aun así, cuando ya ha quedado claro que Rusia no cejará en su empeño para quebrar la moral y la oposición local, Moscú no ha conseguido ni siquiera garantizar el dominio del espacio aéreo ucraniano, a pesar de que en las primeras oleadas de ataque logró destruir buena parte de los sistemas antiaéreos, incluyendo las baterías de S-300, e inhabilitar las pistas de varias instalaciones aéreas ucranianas gracias a su abrumadora superioridad en material, con los cazas S-34 y S-35 en primera línea.
Cabe especular con la idea de que Putin no quiere emplear sus mejores medios aéreos en una operación que aún cree que se saldará con una victoria; por si tiene que usarlos ante otras contingencias más adversas, como un muy improbable establecimiento de una zona de exclusión aérea decretada por la OTAN. Otra posible explicación sería que Rusia no dispondría de mucha munición guiada de alta precisión, tras haberse empleado tan a fondo en Siria, en apoyo a su aliado local. También cabe considerar que buena parte de sus pilotos no parecen en condiciones de llevar a cabo operaciones complejas, contando con que en la mayor parte de sus salidas nunca se supera el límite de cuatro aparatos, actuando a muy baja altitud y preferentemente por la noche. Pilotos que, en la mayoría de los casos, carecen de las suficientes horas de vuelo para estar a la altura de las exigencias de un combate real (la mayoría no llega a acumular 100 horas anuales, menos de la mitad de un piloto de la OTAN).
Pero lo que por encima de cualquier otro argumento termina por imponerse es que, a pesar de su teórica superioridad de fuerzas en presencia, tras la fachada omnipotente de la maquinaria militar rusa se esconde una realidad mucho menos brillante. Una realidad que explica la significativa descoordinación de sus mandos al intentar realizar maniobras combinadas, tanto en el ámbito terrestre como en el aéreo, y los fallos de su logística, dejando desabastecidas a sus unidades de primera línea, frente a un enemigo que todavía conserva unos 60 aviones de combate, que realizan entre cinco y 10 salidas diarias, y que va mejorando incluso sus defensas antiaéreas, incluyendo los muy efectivos drones armados turcos TB2 y los menos sofisticados MANPADS Stinger, que han logrado ya eliminar al menos 58 aviones y 83 helicópteros rusos.
Por supuesto, Kiev no está tampoco en condiciones de imponer la superioridad en su propio espacio aéreo –de otro modo, habría podido, por ejemplo, destrozar el convoy ruso detenido durante días al norte de la capital–, pero sus medios antiaéreos, muy pronto reforzados con los británicos Starstreak y los alemanes Gepard, le sirven para complicar aún más los planes de Putin.
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