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Ciencia europea hecha en Rusia

Es en física, y sobre todo en matemáticas, que la tradición rusa es más fuerte

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El Kremlin, en Moscú.

El Kremlin, en Moscú.

Rusia es un gran país europeo y ha sido también por la cultura y la ciencia. En su historia, que ha compartido a menudo con Ucrania, encontramos nombres destacados en algunas disciplinas científicas. Pero Rusia, y su ciencia, han pasado estos siglos por etapas trágicas, y ahora con la violenta invasión de Ucrania viven otra.

A partir de mediados del siglo XIX en Rusia se produce uno de los períodos más ricos de su cultura y esto es cierto también por la ciencia. En ese período encontramos nombres como el del químico Dmitri Mendeleyev, que estableció la tabla periódica de los elementos, o el del físico Konstatin Tsiolkovsky, que está considerado el padre de la astronáutica. En las ciencias de la vida, en este período encontramos el nombre de Elie Méchnikof, premio Nobel de Medicina de 1908. Nació cerca de la ciudad ucraniana de Járkov, por desgracia bien conocida estos días, y fue profesor en la Universidad de Odesa, desde donde se marchó al Instituto Pasteur de París. Allí realizó trabajos importantes para entender los mecanismos de la inmunización contra bacterias. Uno de sus discípulos fue Nikolái Gamaleya, cuyo nombre lleva el instituto de Moscú que ha hecho las vacunas Sputnik contra el virus del covid-19. También en 1820 se fundó el Instituto Botánico de Odesa, una gran institución de conservación de plantas que ahora depende de la Universidad de Odesa, la más antigua de Ucrania, fundada en 1850 y que lleva el nombre de Méchnikof. Pero la biología moderna tuvo dificultades al establecerse en la Rusia soviética. Stalin consideró que la genética era una ciencia burguesa y apoyó teorías que no aceptaban las nuevas ideas en torno a los genes. Nikolái Vavílov, uno de los padres de la aplicación de la genética a la agricultura, murió de inanición cuando le deportaban a Siberia. En San Petersburgo, un instituto dedicado a conservar variedades vegetales lleva su nombre.

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Pero es en física, y sobre todo en matemáticas, que la tradición rusa es más fuerte. Rusia es el tercer país del mundo en galardonados con la Medalla Fields, el equivalente en matemáticas de los Premios Nobel, después de Estados Unidos y Francia. Entre los premios Nobel de Física encontramos en el año de 1962 a Lev Landau, uno de los autores del libro de texto de física teórica más utilizados, y le siguieron unos cuantos más entre 1958 y 2010. Los últimos galardonados han hecho buena parte de su trabajo fuera de Rusia. Esto puede ser un síntoma de los grandes cambios que han sucedido en ese país. En tiempos de la Unión Soviética existía la Academia de Ciencias, enorme institución con más de 200.000 empleados. Gestionaba ciudades enteras como Akademgorodok, un barrio de Novosibirsk o Puschino, en el sur de Moscú, donde los científicos vivían en condiciones reservadas a la ‘nomenklatura’ soviética. Quizá las necesidades de personal especializado para la construcción de armas nucleares eran la razón de este privilegio. Sin embargo, algún físico levantó la voz contra el régimen, como fue el caso de Andrei Sájarov, premio Nobel de la Paz en 1975. La desaparición de la Unión Soviética llevó a la disolución de la Academia de Ciencias como institución que gestionaba centros de investigación y un gran número de científicos y universitarios se encontraron en condiciones difíciles. Muchos emigraron.

En los últimos años, Rusia y los demás países que habían formado parte de la Unión Soviética han reestructurado su ciencia y sus universidades. Algunos, como los países bálticos, han dinamizado su ciencia aprovechando el entorno europeo. Ucrania estaba también rehaciendo su estructura científica y miraba hacia Europa. Rusia no ha alcanzado el brillo que tenía en el pasado, quizá con la excepción de las matemáticas, en las que su gran tradición ayuda a desarrollar las nuevas tecnologías digitales. Últimamente, el Gobierno de Rusia ha ido derivando hacia un régimen dictatorial que recuerda demasiado a algunas de las peores etapas de su historia. Y ha culminado en una agresión de un cariz imperial que creíamos olvidado en Europa. En el actual conflicto nos queda el pesar de si, a todo nivel, hemos hecho lo suficiente para reconocer el valor de este gran país que tenemos en el este de Europa y que forma parte integral de nuestra historia.