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Sánchez y Feijóo. Primer acto

La formación del Gobierno de Castilla y León es una gran oportunidad para que los dos líderes empiecen a descongelar la política de bloques

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El presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañúeco, durante la rueda de prensa. EFE/R. García

El presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañúeco, durante la rueda de prensa. EFE/R. García

Ayer insistía en que lo que pasa en Ucrania será determinante. En España las consecuencias –no solo económicas– del conflicto exigirán grandes cambios. Felipe González le ha dicho a Zarzalejos que convendrían unos nuevos pactos de La Moncloa. Hoy por hoy parecen imposibles, pero no hay duda de que será necesaria una mejora de las relaciones entre los dos grandes partidos, tanto para la política exterior como la económica y la energética. Medidas que pueden acabar siendo obligadas no pueden depender –como la ley de la vivienda que se vota el jueves– de decisiones últimas de partidos tan legítimos como minoritarios.

Y tanto Pedro Sánchez como Nuñez Feijóo, que si no hay otro candidato ya será este jueves el líder de facto del PP, tienen en Castilla y León una primera oportunidad de deshielo. El PP ganó las elecciones, pero con 31 procuradores quedó muy lejos de la mayoría absoluta de 41. En Francia, o en Alemania, no habría discusión. El PP no querría sumar con Vox y el PSOE se abstendría para que la extrema derecha no entrara en un gobierno autonómico.

Pero España está instalada no solo en la política de bloques sino en la crispación y en la guerra civil no cruenta entre ellos. Sánchez gobierna con Podemos y el apoyo de grupos nacionalistas y el PP proclama que eso (se recrea en Bildu) es romper las reglas constitucionales y que, por tanto, nadie puede exigirles que no gobiernen con Vox si lo precisan para no estar siempre en la oposición.

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Todo tiene muchas lecturas, pero Castilla y León permitiría –si Sánchez y Feijóo tienen visión de futuro– un primer paso para descongelar los bloques. Solo tienen dos salidas. Una, que el PP gobierne con Vox y se reafirme la política de bloques. Dos, que el PSOE se abstenga, el PP gobierne en minoría y se abra el juego político.

La primera opción es la más cómoda. Sánchez podrá decir que el PP y Vox son casi lo mismo y sacar rédito de cara a Andalucía y las próximas batallas electorales. Y Feijóo aducirá que el PSOE ha obligado a Mañueco –la responsabilidad no sería suya– a pactar con Vox y que eso no prefigura nada. Y cierto es que Sánchez ha condicionado la abstención del PSOE a algo hoy imposible para el PP, que rechace los apoyos de Vox que le permiten gobernar en algunos ayuntamientos y comunidades autónomas. No sería como si el PP exigiera al PSOE que rompiera la coalición con Podemos en Madrid, pero casi casi.

Es querer empezar la casa por el tejado. El primer paso para flexibilizar los bloques sería abjurar de entrada de la política de bloques. ¿Cómo sortear este absurdo? Lo lógico sería que Mañueco, el candidato del PP que es el primer interesado, pidiera al PSOE la abstención con el permiso de Feijóo. Pero como eso es difícil –el PP sufre una crisis no solo de liderazgo sino también existencial porque Abascal es un hijo bravucón– quizás lo más inteligente sería que Luis Tudanca, el candidato socialista en Castilla y León, ofreciera gratis la abstención siempre que Mañueco dijera que la prefería al gobierno con Vox.

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Así no solo se salvaría el embrollo de Castilla y León –culpa de Casado que forzó el anticipo electoral– sino que se borrarían algunas fronteras. Pero el jueves Mañueco ya deberá tomar algunas decisiones y no creo que eso vaya a suceder. Sánchez está atrapado en un bloque (y aguanta a Belarra) y Feijóo, suponiendo que lo quiera, aún no tiene fuerza para rectificar tanto el discurso del PP.

A corto, los bloques son cómodos, tanto para Sánchez como para Feijóo. Pero ambos perderán también una gran oportunidad.