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¿Puede Putin caer?

La invasión de Ucrania lo está cambiando todo. La prioridad ahora es frenar a un autócrata nacionalista que viola el orden internacional

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Vladímir Putin, presidente de Rusia.

Vladímir Putin, presidente de Rusia.

La invasión de Ucrania lo revoluciona todo. Lo primero y principal es que Occidente, Estados Unidos y también Europa, ha tomado conciencia de algo que se resistía a admitir: que el autócrata ruso es una grave amenaza para la paz y el orden geopolítico mundial. Putin ya se anexionó por la fuerza en 2014 la península de Crimea que era parte de Ucrania y ahora quiere liquidar todo el país. Dice que no tiene derecho a ser un Estado porque es desde siempre parte de Rusia. La conclusión es obligada: si no se le paran los pies ahora, la voracidad de Putin aumentará. ¿Como la de Hitler a finales de los años 30 cuando exigía más espacio vital para Alemania? Y los líderes de las democracias bálticas, que son parte de la UE, ya sienten el aliento ruso en el cogote.

Pero la invasión está encontrando mucha más resistencia de la prevista. Ni Rusia ni el mundo son los de 1968 cuando el Ejército de Breznev invadió Checoslovaquia y se merendó en pocas horas la Primavera de Praga. El Ejército de Putin avanza, especialmente en el sur, donde quiere cortar la salida de Ucrania al mar Negro, pero aún no ha podido rendir Kiev. 

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Los ucranianos resisten mientras una parte de la población -mujeres y niños porque los hombres no pueden salir del país- huye hacia Polonia u otros países limítrofes. Conozco una familia ucraniana de Lviv, la ciudad más lejana a Rusia, que vive desde hace 20 años en Barcelona. Cuando empezó la invasión estaban conmocionados. El jueves por la mañana me dijeron que su madre, sus hermanas y sus primas habían pasado la frontera polaca el miércoles por la noche. Puede haber cuatro millones de refugiados -¿temporales?- que esta vez Europa dice que acogerá sin reticencias. Ucrania está cambiando todo.

Y las sanciones económicas son de gran magnitud. Cortar el acceso de los bancos rusos a las finanzas occidentales -aunque no a los que reciben el pago del gas que compramos- castigará mucho una economía cuyo PIB no es superior al de Italia. Y congelar las grandes reservas del estado ruso -600.000 millones de dólares- depositadas en Occidente no tiene precedentes. Como prohibir todos los vuelos de sus aviones, expulsar a sus equipos de las competiciones deportivas internacionales o rescindir los contratos del famoso director de orquesta Valery Gergiev, que hace poco estuvo en Barcelona en el ciclo de Ibercamera, por ser amigo de Putin. 

Y una asamblea general extraordinaria de la ONU- sin precedentes desde 1982- ha condenado en términos muy duros -con solo 5 votos en contra sobre 141- la invasión. Las economías occidentales también sufrirán por el boicot, y más si la guerra dura, pero todo el mundo acepta que no hay otra opción. 

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Alemania no abre el gaseoducto Nord-Stream-2 por el que ha apostado durante muchos años. Pasa en pocos días de enviar a Ucrania solo cascos a armas ofensivas y multiplica hasta el 2% del PIB su presupuesto militar. Y España no es diferente. Sánchez ha decidido (tras dudarlo por Podemos) también enviar armas. Podemos protesta, pero Yolanda Díaz no. Y Cuca Gamarra, el mando provisional del PP, le dice a Sánchez -en otro tono- que le apoya.

Nadie sabe el final, pero todo Occidente, salvo Ione Belarra, quiere plantar cara. Y la historiadora franco-rusa Hélène Carrère, que en su libro “L'empire éclaté” predijo el fin de la URSS 13 años antes de que sucediera, ha declarado a Marc Bassets que “quizás es el principio del fin de Putin”. ¿Puede sobrevivir Rusia con un máximo dirigente declarado paria universal?