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Cómo crece la religión: el caso de Israel

En 2050, la población ultraortodoxa será la tercera parte de toda la población judía del país, una previsión que sin duda acarreará un sinfín de problemas y complicaciones al Estado

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La comunidad ultraortodoxa asiste al funeral de uno de los fallecidos en la estampida de Lag Baomer.

La comunidad ultraortodoxa asiste al funeral de uno de los fallecidos en la estampida de Lag Baomer. / ATEF SAFADI (EFE)

Cuando se estableció el Estado de Israel, el entonces hombre fuerte David Ben Gurion negoció con benevolencia con los judíos ultraortodoxos y les concedió ciertas prerrogativas. En 1948, después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, Ben Gurion y todo el mundo pensaban que los ultraortodoxos que quedaban, que apenas constituían un pequeño grupo, eran una rémora del pasado, un mundo que se estaba yendo para siempre, y que se encontraban al borde de la extinción. Imparable, la vida moderna pronto se encargaría de dar cuenta de ellos, puesto que su misma existencia solo se justificaba bajo las características de la diáspora judía que había desaparecido con la creación del nuevo Estado.

El planteamiento de Ben Gurion se ha quedado obsoleto con el tiempo. La población de Israel, que hoy supera los nueve millones de habitantes, se disparará hasta los 16 millones en 2050, según una estimación del Consejo Económico Nacional, un instituto cuyos datos utiliza el Gobierno en la toma de decisiones para planificar el futuro. Pues bien, en ese año de 2050, la población ultraortodoxa será la tercera parte de toda la población judía del país, una previsión que sin duda acarreará un sinfín de problemas y complicaciones al Estado.

Esto solo es con respecto a los ultraortodoxos, porque los medios hebreos que se han hecho eco de la noticia no se refieren en ningún momento a los 'datim' u ortodoxos, ni a los tradicionalistas, que orbitan en una onda cercana. En resumen, que el empuje de la religión en Israel, en sus distintas gradaciones, es tremendo y sugiere algunas reflexiones sobre el fenómeno, especialmente por tratarse de un Estado que figura entre los más desarrollados del mundo.

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En el judaísmo, más que en ninguna otra confesión, la religión es primordialmente cosa de hombres. Las sinagogas que proliferan están llenas de hombres, una circunstancia que puede resultar extraña a un católico occidental que, día a día, ve como las iglesias se vacían a buen ritmo. Una amiga me comentó, hace algunos años: “Estoy encantada de ser católica porque somos los únicos que nos estamos disolviendo”. Esto está pasando ciertamente con los católicos, pero no con los evangélicos, que se multiplican como setas por todo el mundo, especialmente en Latinoamérica, y que defienden unas políticas muy conservadoras; ni tampoco con los musulmanes. Solo con los católicos. Curiosamente, las religiones más pujantes hoy también son las más conservadoras ideológica y socialmente, de manera que vemos que el mismo progreso que está acabando con el catolicismo está impulsando a otras religiones.

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Como los nacionalismos, las religiones son alucinaciones colectivas. Muchos vaticinaron que el desarrollo acabaría con las religiones, y vemos que está ocurriendo al revés. Se dijo que la oxidación de las creencias no científicas relegaría las religiones al último cajón de la historia, y comprobamos que no es así. Como si estuviera hablando de los nacionalismos, a los que tanto se parecen las religiones, Séneca escribió: “La religión es verdadera para los pobres, falsa para los sabios y útil para los líderes”. Dos milenios después, el israelí Yuval Harari ha escrito: “Los humanos han vivido millones de años sin religiones y naciones; es probable que también puedan vivir felices sin ellas en el siglo XXI”. Sin embargo, esta posibilidad se antoja una quimera, cuando vemos que justamente sucede lo contrario en buena parte del planeta y que las religiones y los nacionalismos proliferan como champiñones.

Las previsiones son que, en 2050, el porcentaje de los judíos ultraortodoxos dentro de la población de Israel sea del 24 por ciento, pero este dato también cuenta con los árabes. Si descontamos a los árabes, los judíos ultraortodoxos constituirán la tercera parte de la población judía, a los que habrá que añadir un considerable porcentaje adicional de judíos religiosos que no son tan estrictos como los ultraortodoxos, pero sí bastante o demasiado religiosos según los cánones occidentales. En el aire quedan algunas preguntas con respuestas difíciles, como de qué manera influirá esa tendencia imparable en el Estado judío de mañana, en la región y más allá de la región, y sobre todo cuáles serán sus intereses y cuáles sus políticas.