Arenas movedizas Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Ni peros ni peras

La política y muchas instituciones han normalizado como parte de su argumentario apropiarse del ventajismo de una idea para acto seguido defender la contraria

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No lejos los tiempos en que era tan habitual escuchar aquello de «no soy machista, pero detesto el feminismo» o «no soy homófobo, pero los gays no deberían adoptar», algunas instituciones y representantes de nuestra clase política se empeñan en alimentar un tipo de lenguaje con el que tratan de preservar el nicho electoral a costa de no hacer avances. A medida que aumenta la polarización y la desvertebración del discurso vuelve a ganar terreno, los líderes de opinión, sean diputados, columnistas o miembros de la Conferencia Episcopal, aparejan en el relato la contraposición de conceptos antagónicos, con el objetivo de defender el que más se ajuste a su ideario. Las clases dirigentes han sublimado al rango de ideología el razonamiento reservado a las cuestiones domésticas, hasta convertir la conjunción 'pero' en el nudo gordiano con el que se busca ganar por KO los debate, sin interés ninguno por la transparencia y por la verdad.

Los dos ejemplos apuntados al principio de este artículo significan que quien pronuncia esas frases es machista, por mucho que nos quiera convencer y es homófobo, por más que intente engañarnos, de la misma forma que es un xenófobo de manual quien trata de justificar el racismo acompañándolo del sonrojante «yo tengo amigos negros», o asiáticos, o árabes o judíos, que lo mismo da. Lo que no se es no requiere explicación y lo que no se quiere hacer apenas precisa más reflexión que el aserto. Mejor corto y al pie que perderse en un laberinto de adversativas.

La Conferencia Episcopal, a la que le molesta el goteo diario de casos de abusos sexuales cometidos por representantes de la Iglesia, está dispuesta a que se investiguen estos hechos siempre y cuando el campo de actuación se amplíe a otros sectores de la sociedad. ¿Por qué? Están de acuerdo, pero... Y eso quiere decir exactamente lo contrario e implica el deseo de no agitar el avispero y la pretensión de obstaculizar iniciativas que amenacen con descubrir qué esconde el clero bajo las alfombras. O bajo las sotanas. Échense a temblar cuando escuchen un pero, porque la aseveración con que comenzó el razonamiento seguramente es mentira y lo que vale de verdad es lo que viene después.

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El líder del Partido Popular, Pablo Casado, está demostrando en la campaña electoral de Castilla y León que está por encima de cualquier confusión sintáctica tanto como de la coherencia, y que lo mismo defiende las macrogranjas delante de tres solitarias y felices vacas como reclama al Gobierno el buen uso de los fondos europeos, mientras habla de pucherazo en la votación de la reforma laboral, sin cuya aprobación no sería posible la recepción de esos fondos. La ecuación es diabólica, y esta y otras parecidas han acabado por instalarse en buena parte de los discursos. Las bancadas de ERC y del PNV, verbigracia, palidecieron durante el recuento de votos de la reforma al temer que los dos diputados de UPN pudieran tumbarla, porque ambas formaciones estaban por el cambio del marco laboral, pero...

Fuera de nuestras fronteras no parece haber ni peros ni peras. Da gusto escuchar al presidente del Eurogrupo, el irlandés Paschal Donohoe -del mismo palo que el Partido Popular en el Parlamento Europeo-, alabar sin paliativos la reforma laboral porque contribuirá a la recuperación de la economía española. Lo dijo sin peros ni objeciones. Vamos a acabar fiándonos del político que hable lo justo y con la mayor economía de palabras con que sea capaz de expresarse.

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Hay un momento en 'Impeachment', la serie que recrea el escándalo que rodeó la relación entre Bill Clinton y Monica Lewinsky, que acota en pocas palabras el estado actual de algunas de nuestras instituciones, sean políticas o de cualquier otra índole. Sabedora ya de las dimensiones del caso y consciente de la ligereza con que su marido había gestionado parte de su mandato, Hillary Clinton le dice a una asesora: «¿Sabes cuál es el problema con los políticos hoy día? No tienen umbral del dolor». Y ahí radica el problema: ni umbral del dolor ni miedo a que la historia les juzgue.