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Nuevos acuerdos salariales e inflación

En el contexto actual, pactar la subida esperada anual para 2022, con una cláusula de revisión si no se cumple la previsión de manera compensatoria, parecería más adecuado

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Nuevos acuerdos salariales e inflación

Houston, tenemos un problema. Tenemos que mojarnos, todos, empresarios, trabajadores, analistas, en un tema del que hasta ahora los académicos habíamos pasado de puntillas y que hoy emerge generando mucha preocupación. ¿Cómo ajustamos o acordamos convenios o pactamos rentas en general, ante la evolución del índice de precios?

Los dientes de sierra de la evolución de la inflación durante el año 2021 nos ha dejado con un interanual de final de año del 6,7%. ¿Cómo ajustar ahora los salarios? Por un lado, si se trata de una compensación de pérdida salarial respecto de lo que se pactó el año pasado, sería absurdo ajustar por la variación a una sola fecha (el 6,7% del último mes) y no por la media del conjunto de todo el año 2021 (3,1%). Pensemos qué pasaría si, en lugar de empezar el año pasado en cifras negativas primero, y positivas al final, hubiera sido al revés. ¿Pediríamos ahora el ajuste simétrico?

Por otro lado, si valoramos la inflación avanzada, para un posible acuerdo salarial a aplicar para todo el año 2022, el 6,7% registrado en diciembre pondría a la economía a los pies de los caballos, en una situación muy difícil. Es de libro que esto puede abrir una espiral inflacionista de consecuencias múltiples y diversas, pero ninguna buena. Además, pese al entusiasmo de las subidas salariales por parte de algunos, puede representar un autoengaño, puesto que la cifra nominal pactada, al final, descontada la inflación, en términos reales podría acabar siendo, precisamente por aquellos efectos de segunda ronda, bastante exigua.

Algunos sindicatos pueden pensar, en todo caso, en salvar su convenio sectorial y, contra la inflación, que se presione a otros colectivos. Está claro, en cambio, que si todos hiciéramos igual, todos perderíamos. Especialmente en economías de pymes, como la nuestra, donde no todas las empresas pueden trasladar a precios las subidas, ya sea por su posición exportadora competitiva, ya sea por no poder aprovechar el cobijo que tienen las empresas reguladas que tienen algunos oligopolios españoles. Y esto suponiendo que los Bancos Centrales fueran pasivos ante el rebote, cosa hoy improbable, y no restrinjan por otras vías la demanda. Para aquellas empresas, que los convenios no sean hoy lo máximo de descentralizados posible, va en general mal para la supervivencia de quien más tiene que competir para sobrevivir. De esto, en Catalunya, sabemos bastante, a pesar de que la patronal y los sindicatos –también los nuestros-, ante supuestos valores superiores ‘nacionales’, estén renunciando con la nueva reforma laboral. Con esta política, de nuevo se protege a los ocupados y se hace más difícil ayudar los parados, normalmente no afiliados sindicales.

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En este contexto, pactar la subida esperada anual para 2022, del 3,8%, con una cláusula de revisión si no se cumple la previsión de manera compensatoria (que no quiere decir actualización automática en base a un solo mes), parecería más adecuado. Quién sabe, por otra parte, si lo que tenemos hoy delante son incrementos de precios coyunturales o ‘estructurales’. Y más cuando suenan tambores de guerra y la geopolítica que afecta a la energía y a las materias primas está revuelta. La precaución habría así de primar para no caer en retroalimentaciones de salarios y precios. La carrera inflacionista, en un momento de remontada de los tipos de interés de los bancos centrales, puede ser especialmente negativa, generando un efecto similar al que en buena parte provocó la última crisis financiera española: un mismo tipo de interés para el conjunto de la Unión Europea, con una inflación más elevada en España, implica un interés real menor y una nueva invitación, con el resto de cosas iguales, al endeudamiento.

Confieso que entiendo que pedir a los trabajadores y a las clases menos privilegiadas que acepten en estos momentos, a corto plazo, poner cordura a unas reivindicaciones que parecen legítimas y juegan a su favor, para lograr un objetivo de medio plazo de beneficio conjunto, no resulta fácil. Y más después de las crisis vividas y el mal ejemplo que han dado muchos empresarios, desvergonzados en retribuciones y dividendos, pese a los aumentos de la desigualdad. Ciertamente, no ayuda. Pero los equilibrios de la balanza entre eficiencia productiva y redistribución no se pueden hacer a toque de martillo.

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