Cine Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Gracias, Jonathan Larson

Lin-Manuel Miranda trae al cine el musical autobiográfico de este ganador del Pulitzer, una historia tierna, tremebunda, intoxicante y rotunda. Nada falta, y nada sobra

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El actor Lin-Manuel Miranda.

El actor Lin-Manuel Miranda.

Parece que hemos llegado todos al acuerdo tácito de que los treinta es el umbral desde el que nos asomamos al abismo. La frontera del éxito, nos dicen sin cesar desde que somos niños, son los treinta. Antes de cumplirlos, debemos de haber alcanzado ciertas metas inamovibles para garantizar nuestra felicidad para el resto de nuestras vidas. Vivimos aplastados por el estrés que supone pensar que todo depende de cómo entres (y cómo dejes) tu década de los treinta. Se nos acaba el tiempo. Se nos pasa el arroz. Y nos atropellamos los unos a los otros intentando no caer y morir aplastados por la estampida del capitalismo, produciendo sin mirar, gastando sin tragar, tirando sin pensar… hasta que nos olvidamos de quienes somos, qué queríamos conseguir, o a dónde pretendíamos llegar. 

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La vida es de un tempo frenético. Un tic-tac feroz y mezquino que no se detiene por nada. Los segundos se convierten en minutos, en horas, en días, se escurren entre la rutina empujándote de un cumpleaños a otro. Ese tenebroso tic-tac nos dejará atrás y seremos un silencio perdido en el pentagrama de la existencia humana. La música seguirá sin nosotros, como si nada. ¿De dónde sacar tiempo para el arte, en una vida tan escasa? ¿Cómo apartar la mirada de la necesidad para componer una canción o pintar un cuadro? Pero, ¿cómo podríamos vivir sin celebrar la belleza, sin elevarnos por encima del miedo, las dudas, y el peso de la propia existencia?

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Lin-Manuel Miranda trae al cine el musical autobiográfico de Jonathan Larson, quien ganara el premio Pulitzer, entre otros, por su famoso musical 'Rent', redefiniendo los límites del género musical y cambiando para siempre las definiciones técnicas del género. Larson, quien muriera el día antes de poder ver su obra estrenada, era un artista y creador nato, obsesionado con el paso del tiempo y la necesidad de producir y crear algo digno de ser recordado antes de cumplir los treinta. Era hijo del frenesí innato de los noventa, moviéndose, sintiendo, experimentando y creando a una velocidad vertiginosa. Luchando contra el mundo y la vida misma, Jonathan trabajaba en una cafetería mientras componía sus musicales. Victima de una necesidad imperiosa de producir y de expresar el torbellino de emociones, ideas y sonidos que tenía en la cabeza y en el alma, su propia vida quedó relegada a un segundo plano, sacrificando la parte de si mismo que le mantenía en contacto con los demás. ‘Tic, Tic… BOOM!’ nos espera en Netflix para contarnos una historia tierna, tremebunda, intoxicante y rotunda. Nada falta, y nada sobra. Un impresionante Andrew Garfield, a quien conociéramos masivamente gracias a su interpretación de Spiderman tras Tobey Maguire, da vida a Jonathan Larson con una gracia y naturalidad delirante, atrapándonos con cada gesto, y arrancándonos la sorpresa de cuajo con una voz entrenada y entregada a cada canción, a cada palabra. ‘Tic, Tic… BOOM!’ es mucho más que un musical sobre musicales, es una oda al arte, a la belleza, al amor, es una oda a la vida bohemia. Gracias, Jonathan Larson.

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