BARRACA Y TANGANA

Contra los héroes

No conozco a nadie que no esté cansado

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Un jugador del Arsenal se lamenta en un partido de la Premier. 

Un jugador del Arsenal se lamenta en un partido de la Premier.  / @arsenal

Era casi el final del partido y el Arsenal sufría un martirio en su propio estadio. Jugaba con un futbolista menos por una expulsión y el empate que iluminaba el marcador era un clásico 'sí, pero no'. La valía del punto dependía del matiz de cada cual. El resultado alejaba al equipo local de aspiraciones mayores, pero siempre es peor perder, qué os voy a contar, que ya estamos aquí rozando el insulto de lo obvio una vez más. El caso es que era casi el final del partido y el Arsenal logró con gran esfuerzo llevar la pelota al campo contrario, primero, y rascar con dolores y con la lengua fuera, después, un córner valiosísimo a favor. 

La grada se agitó en la reacción: puños al aire, sonidos guturales y aplausos de corazón. Las cámaras enfocaron a los hinchas que se apelotonaban con ansia, inquietud y expectación, en plan 'ahora viene el gol', mientras un futbolista se acercaba a la esquina con el balón. Entre los gritos, las sonrisas y los saltitos nerviosos observé a un señor mayor, justo en el centro de la acción. Aquel hombre captó mi atención al dibujar la maniobra máxima de la sensatez. Aquel hombre culminó la celebración del córner de rigor con un inequívoco gesto de calma al jugador, diciéndole que tranquilo, por favor, que no tuviera ninguna prisa, que tampoco había que venirse demasiado arriba, que no se confundiera por la euforia ingenua de los chavales que lo rodeaban, que la sabiduría de la vida estaba en la experiencia que él representaba y que sí, que el córner se festejaba porque así lo manda el folclore del fútbol, pero que no se flipara para nada. Aquel hombre le estaba enseñando una lección, que no fuera a creerse toda esa colorida actuación, que el empate simplemente era asumir la realidad, nada más, y sin duda la más sólida opción.

Una persona cabal

Que no hiciera caso a la muchedumbre bárbara, a ese primitivo entusiasmo juvenil, al riesgo de una desmedida ambición. Algo así intentaba decir ese hombre a su jugador. Pensé que de la escena emanaba algún tipo de moraleja vital. Pensé también cómo y cuándo me he ido alejando de esos que sueñan con un improbable pero goloso gol ganador al filo del descuento, y acercándome sin remordimiento alguno a la actitud de ese señor mayor que teme perder a última hora lo que ya casi tiene, sea mucho o poco, después de tanto sudor. Me hizo gracia aquel hombre, lo suficiente para acordarme de él cuando dos o tres minutos después de ese córner el Arsenal encajó un gol matador, y perdió. El desenlace acentuó la confianza que me inspiraba la postura cauta de ese señor. Una persona cabal y decente. Le dejaría administrar mis ahorros como gestor.

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Quizá sea inevitable, pero en el fútbol sobrevaloramos la pasión. La épica, la osadía, lo grandilocuente. No entendemos que muchos de esos méritos serían innecesarios limitando el error. Reclamamos heroicidades al por mayor, y en el fútbol da un poco igual, porque no deja de ser casi una ficción, pero nos empapamos de todo eso y lo trasladamos a nuestra rutina. Lo que debería ser normal se convierte en excepción. Odio las tazas con mensajes de superación. Odio el 'prohibido rendirse', porque a veces no pasa nada por rendirse. No necesitamos héroes. Ni para verlos ni para serlo. Necesitamos que sea más fácil que eso.

No conozco a nadie que no esté cansado. Convendría firmar un empate, creo. Al menos hasta que mi equipo gane un partido sin lógica en la última jugada, y entonces vuelva a no creer en nada.

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