España vaciada Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

"¡Arriba el campo!": la promesa incumplida

La España agraria acabó sacrificada por el régimen que ayudó a construir, cuyo discurso de exaltación del mundo rural contrastó con la industrialización que promovió y lo colapsó

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Concentración frente al Congreso de plataforma en contra de la España Vaciada.

Concentración frente al Congreso de plataforma en contra de la España Vaciada. / David Castro

La España vaciada se creó durante el llamado “desarrollismo” económico de la dictadura, entre los años 60 y 70.Ello reflejó una paradoja del franquismo, que presentó la España agraria como la encarnación de la auténtica España e identificó sus valores con los del país, pero a la vez estimuló una política industrializadora que la despobló. El régimen, pues, tuvo una relación contradictoria con el mundo rural: lo exaltó y a la vez causó su declive. Veámoslo.

La Guerra Civil: el campo contra la ciudad

Suele verse la Guerra Civil (1936-1939) como un choque entre fascismo y antifascismo, entre democracia y dictadura, pero también fue una pugna entre la España agraria e interior (que controlaron los militares alzados) y la urbana e industrial (en poder de la República). Antonio Royo Villanova, político y universitario que se unió a los sublevados, lo plasmó así: “De las regiones industriales y mineras, ricas y poderosas, venía la destrucción y la anarquía. De las regiones agrarias, pobres y olvidadas, brotaban la paz, el patriotismo, la fe religiosa, la fraternidad cristiana, la intima y honda solidaridad nacional”. En este marco, los franquistas proyectaron la contienda como una lucha entre la civilización urbana y la rural, que el historiador Michael Seidman resume así: “La primera era proletaria, colectivista, materialista y promiscua; la segunda, campesina, individualista, disciplinada y espiritual. La civilización rural era sensible a la dictadura; la urbana, al parlamentarismo”. De hecho, el bando sublevado tuvo una capitalidad triple en Castilla, que pivotó entre Salamanca (el cuartel general), Burgos (la sede del gobierno) y Valladolid (la capital “azul” por su poderosa Falange). Franco incluso meditó trasladar la capital del país de Madrid, “ciudad roja”, a Sevilla. El corolario de aquel discurso antiurbano y agrarista fue –como manifestó una obra de propaganda de 1937, La Nueva España Agraria- que Franco devolvería “al agro nacional los privilegios y las riquezas que una política equivocada, de halago a las ciudades, le había arrebatado”. De ahí que el régimen lanzara en 1939 el lema “¡Arriba el campo!”. 

El campo, un vencedor-perdedor

Sin embargo, ocurrió todo lo contrario porque Franco optó por una política industrializadora (en 1941 ya se creó el Instituto Nacional de Industria o INI), que a partir de los años 50 devino un mísil contra el campo, puesto que al fomentar el éxodo a las zonas urbanas y al extranjero llevó a la disolución de la comunidad rural. De este modo, entre 1950 y 1970 la agricultura perdió unos 2.400.000 puestos de trabajo, mientras que en ese mismo período la población que vivía en urbes de más de 10.000 habitantes pasó de 52.1% al 66.5%. El jerarca falangista y exministro José Antonio Girón lamentó el cambio: “El error de Franco […] fue creer que con viviendas, frigoríficos y automóviles iban a matarse los virus de una revolución que […] obedecían a la pavorosa máquina de la anti-España. […] Se empezaba a apreciar en todo […] que empezamos a ser entre nosotros mismos unos perfectos desconocidos”. A sus ojos, el censurable auge consumista urbano sustituía a la encomiable austeridad rural.

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El cine reflejó de forma diáfana esta mudanza a través de dos cintas célebres. En 1951, el film 'Surcos', de José Antonio Nieves, mostró el drama de una familia rural que emigraba a Madrid. Allí la hija se convertía en una “querida” y el hijo en un estraperlista, y el padre ordenaba el retorno al pueblo. 15 años después, en 1966, las cosas habían cambiado en 'La ciudad no es para mí', de Pedro Lazaga. La obra mostró la peripecia de un abuelo rural en Madrid que también veía a la familia de su hijo amenazada por la corrupción de las costumbres, pero la crítica al mundo urbano era amable: la gran urbe era ya un lugar atractivo.

En suma, la España agraria acabó sacrificada por el régimen que ayudó a construir, cuyo discurso de exaltación del mundo rural contrastó con la industrialización que promovió y lo colapsó. Los desequilibrios territoriales entonces creados ya no se revirtieron con la democracia. Hoy, las candidaturas de la España vaciada del 13-F son, en cierto modo, el eco postrero de aquella gran promesa incumplida del franquismo: “¡Arriba el campo!”