APUNTE

Universos paralelos

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Luuk De Jong en acción

Luuk De Jong en acción / Iñigo Larreina / AFP7 / Europa Press

El Barça (hablo del femenino, claro) nos transporta a un universo paralelo. Un planeta donde es más importante el homenaje a una jugadora del equipo contrario (el manteo simbólico, en clave de reconocimiento y elogio) que la celebración de un triunfo estallante. Después de haber apaleado, destrozado, aniquilado al equipo colchonero, las futbolistas elevan a Virginia Torrecilla, que vuelve a jugar después de casi setecientos días de cáncer y sufrimiento. Y se abrazan y ríen y lloran. El Barça (hablo del femenino, por supuesto), más allá de un gesto que honra a las deportistas y que nos habla de buenos sentimientos, un gesto que no es habitual en el fútbol masculino (más allá de las muestras de cariño íntimas, como la camiseta de Iniesta en recuerdo de Jarque en Sudáfrica), más allá de un gesto que es un ejemplo de cómo el femenino puede cambiar la mentalidad tan machista que impera en este mundo, el Barça, digo, es como si necesitara valorar al rival, elevarlo a la condición de auténtico rival, para hacerse el cargo que ciertamente están jugando una competición. No digo que no hayan homenajeado el coraje de Torrecilla con la mejor de las intenciones, gratuita y honesta, sino que también necesitan ese tipo de acciones para creerse de verdad que tienen rivales.

Lo que decía: un universo paralelo, en el que incluso nos alegramos de que ganen por la mínima al Real Madrid, porque así la cosa es algo más emocionante. En la enorme goleada de la final nunca hubo ni un momento de soberbia o de ganas de humillar a la otra. La sed y el siete del Barça no eran para cavar un agujero, sino un aperitivo para poder celebrar el regreso de Torrecilla. Un universo paralelo en el que volvemos a disfrutar y ver control y regate, presión y orden táctico, velocidad y entradas por la banda e incursiones por el centro del área.

A nivel de los peores

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Mientras, en la vida real, el Barça de los chicos. Mientras, en Barcelona, ausente en su universo de autismo embebido de fama y dinero, Dembélé corre hacia el lavabo porque tiene dolor de estómago. Una gastroenteritis que ya sabemos qué diarrea provoca. "No manches el escudo", que dijo Stoikhov. El Barça femenino intenta que la Liga no parezca un tiovivo de fiesta mayor, exagerando el valor de los demás, y el masculino hace al revés. No es que la exagere, sino que se sitúa en el nivel de los peores.

Juega contra el penúltimo y parece una semifinal de Champions. No por la intensidad del encuentro (que genera una contundente somnolencia, un aburrimiento cósmico), sino por cómo celebran la miseria. Para anunciar su desgracia, Ansu Fati cuelga una foto en las redes donde se ve al jugador tapándose la cara con la camiseta. Es lo que hemos hecho en el partido de Vitoria. Tratar de no ver el desaguisado. Al final, me dicen que el Barça ha ganado. Me lo hacen saber con un codazo (“hey, tu, gol de un De Jong”) porque yo ya dormía. En un universo paralelo.