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Sabiduría convencional y colaboración público-privada

La sociedad civil debe preguntarse cuál es su rol en este nuevo escenario en que la participación pública será más activa

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Sin tráfico 8 La autopista radial R-2, una vía de peaje de 62 kilómetros de longitud entre la M-40 y Guadalajara.

Sin tráfico 8 La autopista radial R-2, una vía de peaje de 62 kilómetros de longitud entre la M-40 y Guadalajara. / ARCHIVO / JOSÉ LUIS ROCA

El sector público se ha convertido en un actor fundamental para superar la crisis. Quizás el elemento novedoso está en el hecho de que el Estado y el sector público no están tan solo para arreglar los errores y fallos del mercado, sino también para co-crear nuevos modelos económicos. Esta nueva concepción del sector público supera la sabiduría convencional de que el Estado es el problema y de que su existencia está justificada básicamente para limpiar los desastres y corregir los desequilibrios del mercado y que, una vez superados, debe retirarse para que la empresa privada pueda liderar la innovación.

Las mismas empresas, el mundo académico y la sociedad civil hacen innumerables apelaciones a la necesidad de incrementar la colaboración público-privada y el nuevo rol del Estado. Estoy de acuerdo y comparto totalmente estas apelaciones, pero no las podemos limitar a utilizar únicamente los modelos tradicionales PPP (Proyectos de Participación Público-Privada), en los que el papel del sector público es 'pasivo', donde el sector público aporta recursos para que sean gestionados por el sector privado, o este construye infraestructuras sin asumir los riesgos inherentes a los proyectos que le adjudican (ejemplo, las radiales de Madrid). Estos modelos, siendo válidos son insuficientes. La cuestión es cómo transformar las organizaciones privadas y públicas para que sus interacciones sean más simbióticas y menos parasitarias, como bien menciona la economista Mariana Mazzucato.

Las grandes incertidumbres y desafíos de la sociedad obligan al sector público a cambiar, a ser mucho más activo y dinámico en sus propuestas, ayudando a definir y construir los nuevos modelos económicos. Esta realidad exige una profunda transformación en la selección, formación y habilidades de los ejecutivos públicos. Deberá existir menos desconfianza hacia las empresas y más cultura empresarial, menos burocratización y más digitalización. En definitiva, un sector público más relacional y menos jerárquico.

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Esta exigencia de cambio también existe en el ámbito privado. La sabiduría convencional influyó de forma determinante en el comportamiento y organización de parte de la sociedad civil. Su discurso partía de la excelencia de los actores privados frente a un sector público ineficiente, obsoleto y poco innovador. Se reconocía la legitimación del 'Policy Maker' pero no se valoraban a los 'Public Managers', como dicen los anglosajones. Esta sociedad civil debe preguntarse cuál es su rol en este nuevo escenario en que la participación pública será más activa. Cómo puede facilitar más cultura empresarial al sector público y cómo puede reforzar el papel que los ejecutivos públicos deben tener en la sociedad.

Algunas organizaciones de la sociedad civil se crearon a partir de una combinación de personas procedentes del mundo de la empresa, la academia y la administración, ello no les ha impedido mantener su independencia, pero con el tiempo se ha ido perdiendo su espíritu inicial, adoleciendo en la actualidad de cierta endogamia. Si se reclama una visión más abierta, más dinámica de lo público, también es necesario que exista más porosidad y apertura entre sectores, y aquí las organizaciones sociales tienen también su reto de transformación.

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La simbiosis entre sector privado y público requerirá que unos entiendan y respeten más lo que es la empresa y su cultura, y que otros entiendan que el rol del sector público va mucho más allá de la mera redistribución de la riqueza y control de los servicios públicos.

Quizás es el momento de que los actores de la sociedad civil como del sector público renunciemos a la 'sabiduría convencional', que John Kenneth Galbraith denunciaba en su obra 'La sociedad opulenta' como aquella forma de describir algunas ideas y explicaciones generalmente aceptadas por el público y que se consideraban indiscutibles en un momento determinado, aunque después se consideraban falsas, y avancemos en la construcción de programas a largo plazo que refuercen las capacidades de la sociedad, aseguren la equidad y conviertan el conocimiento en acción.