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El Castell de Bofill

El Kafka era arquitectura arriesgada y experimental pero a un tiempo cuidada, atenta al detalle, que mimaba lo doméstico. Si por fuera el edificio se mostraba como un fantástico juego de piezas, por dentro resultaba igualmente fascinante

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El Castell, de Sitges.

El Castell, de Sitges. / TRBA

Nos deja Ricardo Bofill, con ese sopetón de los jóvenes eternos. Ya inundan las pantallas sus obras emblemáticas: las terminales aeroportuarias de El Prat, el Teatre Nacional, el Hotel Vela… "-És d’en Bofill. -Del pare o del fill?", decía un chiste malicioso. Se trata, sin duda, de obras significativas del lenguaje posmoderno y corporativo. Tal vez sea oportuno recordar también sus proyectos iniciales que, con Anna y formando equipos multidisciplinares, retaron a los dogmas del racionalismo en los últimos años 60 y primeros 70. El Walden, la Muralla Roja, el Xanadú o el Castell de Kafka sorprenden todavía por su carácter innovador. 

El Kafka, en lo alto de una loma, entre Sitges y Sant Pere de Ribes, quiso ser un aparthotel. Fallido el negocio, en 1980, los 90 pisitos salieron a la venta a buen precio. 31 metros cuadrados, a 10.000 pesetas el metro los primeros cinco años. Luego 25.000. El total rondaba el millón de pesetas. Los compradores fundaron una comunidad súbita, rara y vibrante. Había pintoras, músicos, periodistas, escritores, actrices, camareros, playboys y madres solteras, gente de otros países, pieles de otros colores… También parejas de chicos, llamativamente discretos al amparo del microclima de libertad de la Blanca Subur. Y familias maravillosamente convencionales, que se instalaron en los locales de planta baja, más grandes. Al pie de la colina retumbaba la discoteca Pachá. El Castell emergía como una marcianada en la urbanización de Vallpineda, un crecimiento suburbano de rentas medias, casitas unifamiliares en parcelas menudas y condominios con piscina. Los niños del Castell éramos los más marcianos. Una de nuestras aficiones consistía en saltar de terraza en terraza por el edificio, torpes pioneros del 'parkour'. La comunidad, en toda su contrastada diversidad, tuvo que unirse para echar freno a esa emergente afición al allanamiento y al riesgo de precipitarnos al vacío.

Los compradores de los 90 pisitos fundaron una comunidad súbita, rara y vibrante, una marcianada en la urbanización de Vallpineda

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El tamaño de los apartamentos hacía casi obligatoria la vida colectiva. Coladas al viento en los terrados. Comidas de gazpacho y de sardina, meriendas de pan con chocolate y cenas de ensaladilla se compartían en los jardines del bloque, entre pinos, olivos y algarrobos. La piscina operaba como lugar de encuentro, un ágora trapezoidal de cemento azul eléctrico, suspendida sobre el paisaje. Los patios daban para juegos infinitos, bajo la tutela de algún adulto que, desde el balcón, nos ignoraba disimuladamente. A las gomas, a la cuerda, a tocar y parar, al escondite. Aprendimos a ir en bici sin rueditas ni peligro de atropello. "-¡Mira mamá, sin manos! -Mira mamá, sin dientes." En patines, patinete y monopatín, sobre un suelo llano y continuo de hormigón colorado. El laberinto de volúmenes escondía el secreto de los primeros besos. La escalinata de entrada formaba un anfiteatro callejero sobre perpetuas romerías de ida y vuelta entre los bares y las playas.

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El Castell de Kafka era arquitectura arriesgada y experimental pero a un tiempo cuidada, atenta al detalle, que mimaba lo doméstico. Si por fuera el edificio se mostraba como un fantástico juego de piezas, tectónico y voladizo, por dentro resultaba igualmente fascinante. Los apartamentos se agrupaban en espiral, alrededor de unos patios dramáticos, enormes. Los pisos en contraste eran minúsculos. Se entraba directo a un espacio de cinco por cinco metros, la sala, que podía convertirse en dormitorio sin mover un mueble, gracias a un escalonado de obra que alojaba tres colchones. Un hueco central permitía usarla como comedor o parlamento familiar. La terraza era un cubo de tres por tres, con altas paredes. Mediante un corte vertical se formaba un balconcito, festejador para tres, de poliamor bohemio y estucado. La cocina venía equipada con lo justo y necesario: dos fogones, fregadero, extractor, nevera y alacena. Todo en un metro cuadrado. Supere usted eso. El baño, amplio y generoso en cambio, traía bidet -sanitario imprescindible- y una bañera de las grandes, enrasada al pavimento, que desaparecía a la vista como objeto pero, una vez dentro, se convertía en una experiencia fabulosa, con vistas al mar o a la montaña. Las bañeras sin ventana deberían estar prohibidas en justo homenaje a Ricardo Bofill.

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