Bienestar digital Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Hoy no estoy

Nuestra vida digital tiene un alto componente social, ya que es un juego de expectativas y exigencias revisables. Algo que nos puede ayudar es verbalizar que necesitamos darnos permiso colectivamente para desaparecer

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Una mujer mira su listado de conversaciones de Whatsapp en su teléfono móvil.

Una mujer mira su listado de conversaciones de Whatsapp en su teléfono móvil. / Mònica Tudela

Estrenamos la tercera semana del año, aún nos equivocamos al escribir la fecha pero la larga lista de propósitos suena lejana. Uno de los más populares de este año es gobernar mejor nuestras vidas digitales, para dejar de tener la sensación de andar corriendo detrás de las notificaciones o aparcar la culpa por irnos a dormir con mensajes sin responder. Se une al pódium de los clásicos de comer mejor o hacer más deporte. Si raramente conseguimos lo que nos proponemos, quizá haya algo más allá de la fuerza de voluntad.

James Clear, en su libro 'Hábitos atómicos', nos cuenta que a menudo nos obsesionamos con imponernos objetivos, sin plantear si son realistas o al alcance de nuestras capacidades. Orientarnos solo a objetivos es frustrante la mayoría de las veces. Clear nos recuerda que el proceso es fundamental, y hacernos la vida fácil por el camino también. Por eso nos propone que nos creemos sistemas, pequeños truquitos que nos faciliten esa transición. En versión deportiva sería dejarnos la ropa preparada el día antes para no tener que pensar. En el ámbito de digital nos puede ayudar una buena limpieza de notificaciones, configurarnos el modo 'no molestar' o programar avisos que nos alerten cuando hemos sobrepasado un determinado tiempo de conexión. Se trata de elementos externos infalibles que por un lado nos recuerdan nuestro compromiso, y del otro nos aligeran un poquito la carga mental de la exigencia de estar siempre disponibles.

Y ese punto es crucial: darnos cuenta que la inercia de las vidas conectadas es veloz y exigente: facilita la inmediatez, alimenta la impaciencia y nos torna exigentes con las interacciones. No es solo la presión social del postureo – una de las violencias más dulces que nos aplicamos –, es sobre todo el imperativo de la disponibilidad. Se espera de las personas casi lo mismo que de las tiendas online: accesibles 24/7, tanto en lo personal como en lo profesional. El máximo esplendor llegó en el confinamiento de 2020, especialmente para las personas que pudimos teletrabajar. Por suerte nos llevó tan al extremo que en esa parte nos acogemos a la desconexión digital laboral, sin olvidar que es un derecho recogido en la Ley Orgánica 3/2018 de Protección de Personales y Garantía de derechos digitales.

En el terreno personal es más complejo, no hay todavía acuerdo sobre cuál es el margen de respuesta permitido cuando te mandan un WhatsApp, como si tuviera que haber alguno. Cada vez somos más las personas que hacemos activismo de las respuestas conscientes en lugar de las contestaciones automáticas. Porque a veces no tenemos ganas de contar, decir, mostrar. A pesar de lo que el mundo nos hace creer, eso está bien. A veces el mundo nos pesa, sí. Porque somos personas, humanas, frágiles y variables. Lástima que vivimos tiempos en los que todo es mercantilizable y productivo, donde tenemos atrofiado el disfrute del aburrimiento y nos cuesta sostener la sensación de pérdida de tiempo. Estoy segura que a ti también te pasa, porque no es una cuestión personal. Lo vivimos en silencio pero son las inercias de un sistema que espera que estemos alerta y con plena implicación cuanto más tiempo mejor. Eso aplica a los entornos digitales pero no es culpa de la tecnología, sino que la base está en un sistema que goza con la acumulación y las redes sociales ayudan a tensar aún más las cuerdas.

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Algo que me entristece es que vivir al borde de la extenuación sea motivo de orgullo o síntoma de éxito. Byung-Chul Han lo llama la sociedad del cansancio, con el 'multitasking' como buque insignia de esta modernidad tardía digital y desbocada, una realidad que nos consume a base de culpabilidad ante los anhelos de tener espacios libres de estímulos. Ventanas de silencio, pausa y contemplación, tan necesarias para revisar quiénes somos y a dónde vamos.

Mientras estas tensiones las queramos resolver individualmente la lucha será más agotadora que seguir con la inercia productiva. La clave es que entendamos que nuestra vida digital tiene un alto componente social, pues es en realidad un juego de expectativas y exigencias revisables. Algo que nos puede ayudar mucho es precisamente compartir el malestar, verbalizar que necesitamos darnos permiso colectivamente para desaparecer. ¿Y si cambiamos la impaciencia por apreciar las respuestas conscientes? ¿Qué tal si el próximo doble tic azul lo leemos en otra clave? A ver qué ocurre si durante una semana cambiamos ese “te he leído pero paso de ti”, por un “he visto tu mensaje pero quiero encontrar el momento adecuado y las palabras justas para responderte”.

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