'Partygate' Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Boris, la 'Dancing Queen'

Downing Street se ha convertido durante la pandemia en un cruce entre la zona de 'afters' de Viladecans y ese piso de colegas 'fumetas' al que te dirigías siempre con un pack de seis latas

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Boris Johnson saliendo del número 10 de Downing Street.

Boris Johnson saliendo del número 10 de Downing Street. / Europa Press

A mí me ha pasado: verme en una fiesta y aburrirme como si estuviera en una reunión de trabajo (incluso sospechar que, en realidad, era precisamente eso). Por ejemplo, sucede a menudo (no siempre) en saraos literarios, donde abunda el 'cazacanapé' que cambia de corrillo en función de lo que pueda extraer para su carrera. Además, y aunque conversar con otro colega que escribe puede ser un festín de complicidad, al coincidir en una misma sala con decenas de escritores te expones a sentirte como decía Bukowski, para quien hablar con otros escritores era “como beber una copa de agua dentro de una bañera”.

Sin embargo, lo que no me ha pasado jamás es estar en una reunión de trabajo y divertirme como en una fiesta (y que todo indicara que era una fiesta). Ya pongan croissants del Fornet o quintos, ya sea incluso amena.

A Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido, sí le ha pasado un montón de veces. Downing Street se ha convertido durante la pandemia en un cruce entre la zona de 'afters' de Viladecans y ese piso de colegas 'fumetas' al que te dirigías siempre con un pack de seis latas.

De hecho, este Boris ha invertido lo que era práctica habitual en otro Boris. Johnson dice que lo que parece una fiesta era en realidad trabajo. Yeltsin, en cambio, asumía que el trabajo podía ser una farra. El mundo debía ser hospitalario con la borrachera. Capaz de entrar con una balalaica en una reunión del G-8, lo vimos dar palmas con las mejillas arreboladas en compromisos oficiales y dormir la mona en otros.

Como efectivamente la línea entre compromiso laboral y farra loca se ha demostrado difusa, muchos no opinan como Johnson, inmerso en el 'Partygate'. Lo hemos visto casi haciendo el limbo con una espada de Star Wars, con el brío descamisado del lejano pariente beodo de la boda. Las celebró muchos viernes en su residencia (un detalle muy James Bond: algunas botellas entraban en maletines oficiales). Y también en su segunda residencia, saltándose el confinamiento estricto en coche. Hasta celebró una (¿sonaría 'Dancing Queen', de Abba?) cuando la Reina estaba enterrando a su marido.

Solo espero que también sonara 'Eton Rifles', de The Jam. El hecho de saltarse las normas para improvisar tanto picnic tiene que ver con los privilegios de esta élite. En 2014 se supo que desde que había llegado el también conservador Cameron al poder, convertido en un Eduardo Manostijeras pijazo en todo lo social, en la Cámara de los Lores se habían ventilado 17.000 botellas de champán del bueno (unas cinco por par no electo). En euros suena mejor: 340.000.

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Se ha producido el extraño caso de que hay gente que empatiza con él, al ver esas fotos tan humanas. Pero Johnson propone ahora duras medidas para guiñar el ojo a sus votantes más conservadores. Prohibir que barcos del ejército rescaten a emigrantes en el Canal de la Mancha (la resaca de una farra puede ser la muerte de alguien que nada tiene). Otra es eliminar el impuesto universal para la BBC, la cadena pública. La más divertida es que promete… ¡levantar restricciones ya! (aunque él ya las tenía más en el cielito lindo). Y prohibir el alcohol en Downing Street, algo que, visto lo gángsters que son muchos poderosos, podría llevar a un tiempo de Ley Seca terrorífico.

Quizás a Boris le guste Nietzsche, no por lo que piensan, sino porque decía que quería filósofos que supieran bailar. Creo que no lo vio bailar a él. La operación de limpieza de imagen se ha bautizado Operación Salvar al Perro Grande. De momento, ha perreado mucho. Esperemos que sus votantes no den palmas al ritmo.