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Después de Cuixart, catarsis o colapso

El mérito de Jordi Cuixart es haberle explicado a una parte del independentismo que 2017 se ha terminado y que ya no volverá. Y si se aparta un referente que se ha pasado en prisión la friolera de 1348 días, nadie puede quedar a salvo de la renovación

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Después de Cuixart, catarsis o colapso

Tuve la oportunidad de ver en directo como Jordi Cuixart le adelantaba a Jordi Basté su renuncia oficial a la presidencia de Òmnium. Nos pilló a todos por sorpresa, pero por su cara serena y sonriente se notaba que era una decisión largamente meditada. En el ambiente se olía que había sucedido algo trascendente, porque Cuixart no se va ni por comodidad ni por hartazgo ni siquiera por razones personales. El todavía presidente de Òmnium da un paso al lado "para que algo se mueva", como confesó en una posterior charla informal. Es decir, se trata de una inmolación en toda regla para intentar insuflar energía a un movimiento que ha perdido una gran parte de su capacidad de movilización. En su adiós, Cuixart llegó a repetir hasta una docena de veces que "hacen falta nuevos liderazgos", consciente de que su decisión es sin duda consecuencia directa de la guerra civil cruenta que devora al independentismo desde hace años, y también de la huida hacia adelante de un sector radical que, sin decirnos cómo, todavía sueña con una vía unilateral imposible e irrealizable. El choque entre el posibilismo y el rupturismo es hoy irreconciliable, por mucho que mantengan la ficción de un Gobierno en común. La aparición de la mesa de diálogo en el lejano horizonte de febrero ha despertado otra vez las viejas rencillas, tan previsibles como aburridas, que solo sirven para darle la razón a Jordi Cuixart, que dio en el clavo cuando el pasado viernes dijo que "es imposible abordar la realidad del 2022 con las gafas de 2017".

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Porque, efectivamente, el independentismo institucional se resiste a abandonar la fantasía: el presidente Aragonès pretende vivir en un virtual 2017 cuando en Madrid advierte que "no habrá una segunda oportunidad" si fracasa la mesa de diálogo, sin darse cuenta que a estas alturas este tipo de amenazas no son ni siquiera creíbles para su propia parroquia. Y cuando la presidenta Laura Borràs dice este pasado fin de semana que "la independencia es urgente" cree vivir todavía en el mundo feliz del 'tenim pressa', válido para 2017 pero caducado en 2022. La consecuencia de esta disonancia irreconciliable entre discursos propios de 2017 y la realidad del 2022 solo aumenta la frustración creciente de una facción airada del independentismo que señala a diario traidores, 'botiflers' y vendidos. Solo así se entiende la obsesión diaria de dirigentes políticos independentistas para buscar a diario el 'momentum' perdido, ya sin masa crítica que lo sustente. Por mucho que el Twitter 'indepe' rabie por la mañana con las palabras por supuesto no verificadas de Villarejo, por la tarde acuden menos de trescientas personas a las movilizaciones convocadas. Cualquier conflicto, aunque tenga como el de la lengua catalana una base que lo justifique, es enseguida elevado a la categoría de drama nacional para ver si así prende una llama que ya no se asienta sobre brasas, como en 2017, sino sobre una fría capa de indiferencia húmeda y pasiva. Ya no hay fogonazos, ni 'momentums', ni días históricos, ni revelaciones patrias, y los intentos para intentar resucitarlos solo ponen más en evidencia que ya no volverán. El mérito de Jordi Cuixart es haberle explicado a una parte del independentismo que 2017 se ha terminado y que ya no volverá. Y si se aparta un referente que se ha pasado en prisión la friolera de 1348 días, nadie puede quedar a salvo de la renovación. Ni siquiera el exilio, ni la prisión, ni los méritos del pasado, serán garantías para continuar. Ha llegado el momento de renovarse o morir. Después de Jordi Cuixart, catarsis o colapso.