Análisis

Hernández de Arabia

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Xavi Hernández, durante el partido entre el Barça y el Real Madrid en el Estadio Rey Fahd.

Xavi Hernández, durante el partido entre el Barça y el Real Madrid en el Estadio Rey Fahd. / Fayez Nureldine / AFP

Eso de irse hasta Arabia para echarle un pulso al destino y tratar de alcanzar una gloria que en nuestro país de origen se nos niega obstinadamente ya lo había hecho, hace poco más un siglo, un capitán británico llamado Thomas Edward Lawrence, y con resultados discutibles. Como sabrá todo aquel que se haya enfrentado con algún provecho a las tres horas y 42 minutos que dura la maravillosa película que David Lean dedicó al militar y arqueólogo, Lawrence se plantó en Oriente Próximo con el propósito de avivar la revuelta de las provincias árabes contra el poderoso ejército otomano. En el Estadio Rey Fahd de Riad, el FC Barcelona tenía ante sí un desafío no menos imponente, aunque esta vez lo único turco que hubiera a la vista fuera el renacido pelo de Jordi Alba: demostrar que, después de unos meses de calamidades deportivas y tribulaciones administrativas, el equipo vuelve a estar en condiciones de competir con el líder de la Liga. Acabó perdiendo la batalla, pero ese primer objetivo quedó cumplido.

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Habrá quien lo considere insuficiente. Habrá quien se mofe de ese renovado afán azulgrana por celebrar las victorias morales, una tradición que pareció haber quedado desterrada para siempre en los añorados tiempos del guardiolismo. Esta bien, pero no olvidemos que hace muy pocos meses los pronósticos más moderados auguraban para el Barça un trágico descenso a los infiernos de la irrelevancia futbolística y una larguísima travesía del desierto para volver a la élite. Y que, a veces, una victoria antes de tiempo puede llevar a la perdición, como le sucedió al pobre Lawrence, devorado finalmente por el prematuro estatus de héroe legendario que le otorgaron sus inesperados triunfos militares. 

El Barcelona es, a día de hoy, un equipo sumamente imperfecto, que no ha encontrado aún la manera de cubrir con garantías las plazas de lateral (las dos) ni de dar relevo a futbolistas en el ocaso de sus carreras como Sergio Busquets o Gerard Piqué. Pero seguir negando que bajo el mando de Xavi Hernández está naciendo algo muy prometedor es empeñarse en un error o, peor aún, alimentar un engaño. La derrota duele, por supuesto. Y más, si es frente al Real Madrid. El truco, como decía T. E. Lawrence en la película de Lean después de apagar una cerilla con los dedos, es que no importe que duela. El truco es entender que ese dolor es necesario para crecer.